La salida a bolsa de Space X es un acontecimiento, no sólo porque su fundador sea el insufrible Elon Musk , sino porque la misión de la compañía, tal como la describe la documentación preceptiva, es “construir los sistemas y tecnologías que fueran necesarios para hacer viable la vida multiplanetaria, alcanzar una comprensión de la verdadera naturaleza del universo y extender hasta las estrellas la luz de la conciencia”. Esta tercera premisa ha dado la vuelta al mundo sin que se descifrara su hermetismo, pero ahí está para que la acepten sin rechistar miles de inversores abducidos por el aura de visionario que Musk y sus acólitos han fabricado con la complicidad mediática https://norbertogallego.com/que-esperar-del-binomio-trump-musk/2024/11/18/

Elon Musk
Los futuros accionistas se obligan a consentir que Musk reciba como recompensa un millón de acciones si la capitalización de Space X se elevase hasta 7,5 billones de dólares , catorce veces superior más que la de Nvidia. Tanto o más improbable es otra condición del bonus: que un millón de humanos accedan a trasladarse a una colonia en Marte, no se sabe en qué plazo. Elon Musk ya no sería el hombre más rico del planeta sino el más rico del universo conocido (y habitado). ¿A alguien le importa realmente si se trata de una fantasía o del fruto de un colocón? Pase lo que pasem son cláusulas que demuestran el nulo aprecio de Musk por la democracia corporativa (sic).
La contrapartida es la creación estatutaria de dos clases de acciones, una de las cuales entrega al fundador, por el hecho de serlo [aunque no asuma funciones ejecutivas] el control vitalicio de la compañía. Es una estructura que tres grandes fondos de pensiones han criticado como “la más favorable a los gestores que se haya aplicado nunca en una empresa cotizada”. Para alcanzar tal estatus Space X ha tenido que darse de baja en Delaware para domiciliarse en el muy permisivo estado de Texas.
Para evitar que se reproduzcan los problemas que ha tenido con algunos rebeldes en Tesla y tras la adquisición de Twitter, Musk ha dejado un resquicio por el que un grupo organizado de accionistas pudiera demandar a los gestores de la compañía si estuviera en posesión del 3% del valor bursátil. Echando cuentas, en la hipótesis de los 7,5 billones, ese colectivo debería controlar títulos por 52.500 millones de dólares. Así consta en el formulario registrado ante la comisión de valores estadounidense
Aunque los números finales de la salida a bolsa aún no han sido cerrados con los 23 bancos contratados – Goldman Sachs y Morgan Stanley en cabeza, los demás por orden alfabético – se menciona una recaudación de entre 75.000 y 80.000 millones de dólares, con lo que esta sería la OPV más grande, superior a la de la petrolera saudí Aramco en 2019. El cerebro de la operación será Goldman Sachs, pero Morgan Stanley desempeñará un papel crucial como agente de estabilización, cuya obligación será sostener el precio de la acción al nivel pactado, en caso de algún contratiempo tras el inicio de la cotización.
Para dar curso a la operación, Space X ha tenido que desvelar algunos detalles de sus cuentas. En 2024, los ingresos alcanzaron los 14.000 millones y proporcionaron 791 millones de beneficio, pero al año siguiente, pese a aumentar los ingresos a 18.700 millones, el beneficio se trocó en pérdidas de 4.900 millones. En parte fue consecuencia de la combinación con otra compañía del imperio Musk, xAI, que supuso gigantescas inversiones en sus centros de datos Colossus, equipados masivamente con chips de Nvidia y con capacidad muy excedente. Se ha colado una información significativa: Anthropic ha contratado a xAI capacidad a razón de 15.000 millones anuales.
Hasta aquí, todo muy financiero. Space X saldrá a cotizar rebozada en su reputación como compañía aeroespacial, especializada en lanzar cohetes propulsores reutilizables. De su familia Falcon, ha lanzado casi 300 en tres años; el más grande, Starship, ha completado 179 misiones en 2025.
Puesto que el formulario presume de haber identificado un valor total de mercado (TAM) potencial de 28,5 billones de dólares, ha de entenderse que esa cifra no es un pronóstico sino un cálculo ilusorio al que da crédito quien tenga la suficiente fe en ese indicador de imposible verificación. Aun así, el desglose es revelador: el lanzamiento de cohetes no es ni será el principal negocio de Space X: del TAM estimado, esta actividad representaría sólo 370.000 millones.
Por consiguiente, el nombre Space X [apocope de Space Exploration Technology] tiene gancho, pero es un poco engañoso: el primer negocio de la compañía es la inteligencia artificial, de la que se conjetura que pueda ingresar 26,5 billones, o sea el 93% del total. Se completaría el TAM con 1,6 billones aportados por Starlink, la filial de servicios satelitales cuyo número total de suscriptores ha pasado de 2,3 millones en 2023 a 8,9 millones en 2025 y a 10,3 millones en el primer trimestre de 2026.
Con cifras tan desmesuradas, es inevitable preguntarse por el capex, la inversión en bienes de capital que, esencialmente, se destina a infraestructura. Para comparar con las cifras de ingresos citadas: el capex de 2023 fue de 4.400 millones, que dos años más tarde serían 20.700 millones y, en un ejercicio de anualización del primer trimestre, subirían hasta rozar los 40.000 millones en 2026.
Dicho de otro modo, lo que el negocio de Space X propiamente dicho aporta a la compañía es escala, mientras Starlink le aporta suscriptores que generan ingresos recurrentes; la IA, tercer pilar, se muestra como lo que es: una enorme oportunidad y a la vez un gasto incesante.
Una salida a bolsa de esta envergadura necesariamente tendrá ancho impacto económico. Será la primera de tres OPV de compañías de inteligencia artificial previstas en 2026; las otras, es bien sabido, son Open AI y Anthropic, todavía sin fecha; es probable que estén esperando a ver cómo es acogida la de Space X.
Ya casi no circulan monsergas sobre los riesgos de que la IA genere una burbuja , porque la liquidez actual los ha digerido con escasas tensiones. Recapitulando la revolución de Internet ha tenido como protagonistas a empresas que necesitaron poco capital y, pasado el susto de las puntocom cogieron carrera sin necesidad de fábricas, de energía ni costosas infraestructuras. La vigente revolución de la IA tendrá consecuencias muy distintas, en cierto modo opuestas: para soportar el boom de la IA hace falta invertir billones de dólares en infraestructura, una escala que aflora el entusiasmo por operaciones colosales y obliga a comprometer recursos públicos en una competición geopolítica.
La concentración empresarial ya no está mal vista y la legislación antitrust sólo es un dogma (decreciente) en Europa: hace falta tamaño y solidez financiera para abordar la construcción de centros de datos y plantas eléctricas, así como para financiar redes de fibra y también satélites como los que son propiedad de Musk. Por consiguiente, así como Internet facilitó una economía global deflacionaria, la IA será recordada por sus consecuencias inflacionarias: aun antes de la guerra de Donald Trump se ha asistido al aumento generalizado de precios, estimulado por el encarecimiento de la energía. En este paisaje, la IA ocupa espacios cada vez más amplios de la economía mundial y, consiguientemente, debería ser la fuerza dominante de los movimientos de M&A (mergers and acquisitions) a partir de ahora.
Todo está pensado para que laOPV de Space X salga bien, Musk no improvisa. Sin embargo, no estará de más recordar antecedentes perturbadores. La salida a bolsa de Google (2014) adoptó un novedoso esquema de subasta holandesa para evitar que la copara un club de banqueros, pero así restringió la demanda y se vio forzada – por los bancos – a rebajar el precio original (85 dólares la acción). Otro caso, más parecido al actual, fue la de Facebook (2012), un fiasco porque la tecnología de Nasdaq no estaba preparada para tanta expectativa. Con esos antecedentes, en 2019 Uber montó unas simulaciones previas que dieron como resultado un aluvión de órdenes falsas que desbarataron la salida a bolsa. Estas observaciones no han de tomarse como augurios; sólo pretenden advertir que las expectativas son tan grandes que puede haber atascos en las primeras horas y días de cotización. grande que podría haber atascos en las primeras horas.
No sería razonable suponer que los episodios citados puedan repetirse con Space X, entre otras cosas porque los bancos contratados por la compañía se han comprometido, en caso extremo, a quedarse con el 20% de las acciones ofrecidas, lo que en la jerga bursátil se conoce como green shoe.