Haciendo como si olvidara sus dudas de finales del 2024 – cuando a punto estuvo de apoyar una rebelión para descabalgar a Sam Altman – Microsoft tiene claro que su apuesta por la inteligencia artificial debe asentarse sobre la holgura que le facilita Azure. Es cierto que las ventas de IA no marchan tan bien como gustaría al CEO de la compañía, Satya Nadella, pero esto no quita que la compañía redoble esfuerzos para que en ningún momento flaquee la infraestructura dedicada a IA. A riesgo, ay, de que el exceso de dependencia respecto de OpenAI pueda pasarle factura. Recuérdese que el acuerdo conlleva un lastre de endeudamiento y una fecha de caducidad de su acceso a la propiedad intelectual.

Satya Nadella y Sam Altman
Las relaciones entre Microsoft y OpenAI son complejas por diseño. Llegado el caso, podrían llegar a plantear más problemas que ventajas: la primera posee un 27% de participación en la segunda, que no contempla flujo de caja positivo hasta el 2029. Los problemas no acaban ahí, ya que OpenAI es el mayor cliente de Azure y a la vez se ha arrimado a otros compañeros de viaje, que en parte compiten con Microsoft.
A 31 de diciembre pasado, Microsoft ya había consumido la mitad de su año fiscal 2026. Los resultados del segundo trimestre presentan muy buen aspecto: 81.300 millones de dólares de ingresos (+16,7%), superando las previsiones de consenso de los analistas. El beneficio operativo,38.300 millones, fue un 21% más que en igual período del año anterior. Aun así, fue acogido con una reacción negativa que ya se veía venir en los meses anteriores con una espiral descendente en bolsa desde finales de octubre: un 27% de caída hasta el viernes 6 de febrero [semana del supuesto apocalipsis del software como servicio].
¿Se ha explicado suficientemente la disparidad entre el negocio y la cotización? La primera razón aparente residiría en que los inversores han llegado a la conclusión de que Azure crece lentamente. Es en buena medida una falacia subjetiva: Azure creció un 39% en el primer trimestre y el 38% en el segundo, mientras los analistas esperaban un 40%; no parece motivo suficiente para castigar la acción con una caída desde 548 a 401 dólares en tres meses. Pero así ha sido.
Hay quien dice que en el fondo hay una desconfianza no confesada en torno a los negocios de la inteligencia artificial. Injustificada hasta la fecha si se trata de juzgar a Azure. En cualquier caso, no es el único pilar de su negocio en torno a la IA. Según Amy Hood, Microsoft 365 ha superado los 15 millones de `asientos´ por los que las empresas pagan licencias que les autorizan a disponer de Copilot sin cortapisas: en principio, representarían unos 5.400 millones de dólares de ARR (ingresos recurrentes anuales). Parece mucho dinero, pero sólo el 3% de la base de clientes que pagan por esa suite de software de productividad, por lo que una adopción más rápida se hace desear. Y algo quizá más grave: el margen que generan tiende a comprimirse, a la vez que van apareciendo alternativas que rompen el monopolio temporal de los primeros tiempos.
El ruido ambiente se ha centrado, como es de rigor últimamente, en los RPO (Remaining Performance Obligations), contratos no ejecutados (y no facturados) por valor de 625.00 millones de dólares. Es un 110% de crecimiento, que se dice pronto. ¿Qué tiene esta cifra de objetable? Pues que el 45% de esa millonada está pactado con un solo cliente, OpenAI; abundan los inversores que no terminan de ver claro que este socio/cliente vaya a cumplir su compromiso cuando toque. Pero aAunque así fuera, el restante 55% de RPO, repartido entre múltiples clientes, sumarían ingresos futuros por 350 millones, que es para chuparse los dedos.
Pausa. Más le vale a Microsoft que a OpenAI le vayan bien las cosas: entre las razones que justifican el capex masivo en infraestructura, la principal no es otra que estar preparada para responder a las necesidades de computación contratadas con antelación por la compañía de Sam Altman y cuyo fundamento objetivo se desconoce. No hay por qué dudar del acuerdo firmado por Altman y Nadella, pero desde que Google anunció Gemini 3, su número de usuarios activos se ha acelerado, por lo que el “sentimiento” acerca de OpenAI está en baja y todo indica que ha contagiado la percepción sobre Microsoft.
En este cuadro, lo aconsejable es rodearse de socios que mitiguen el riesgo, ¿no? Durante la última conferencia anual de desarrolladores, Ignite, el recién nombrado CEO de la rama comercial (lo que significa que excluye consumo) de Microsoft, Judson Althoff, encargado de la ponencia inaugural, desveló que la compañía invertirá hasta 5.000 millones de dólares en Anthropic, rival directo de OpenAI (y en esta medida, adversario de Microsoft), que a su vez ha aceptado gastar 30.000 millones en servicios de infraestructura de Azure.
Un resultado de este acuerdo es que Claude será el único modelo frontier de IA disponible en los tres hyperscalers. (AWS, Azure y Google Cloud), todo un triunfo. Otro de los anuncios de Ignite fue el servicio Agent 365, que ofrece observabilidad unificada para toda la flota de agentes, incorporando telemetría, paneles de control y alertas. Sobre el papel, los clientes de Microsoft Azure pueden escoger entre una oferta de modelos de OpenAI, Anthropic, Mistral y Cohere a través de su esquema Foundry.
Sin embargo, las ventas de agentes de IA no han despegado tanto como esperaba y aún espera la compañía, quizá porque la superpoblación agéntica en el mercado confunde más de lo que aclara. De hecho, Microsoft ha tenido que rebajar sus expectativas tras constatar que sus comerciales no alcanzaban las previsiones: sólo una quinta parte de su fuerza de ventas ha logrado incrementar un 50% el gasto de los clientes en Foundry . De lo que se desprende que, pese a que todo el mundo habla de IA, las empresas se lo piensan dos veces antes de pagar precios premium por el privilegio de tener un agente IA a sus órdenes.
Ante esta coyuntura ¿imprevista? Nadella no ceja en su empeño por atender los diversos flancos que presenta la IA a la economía de Microsoft. Uno, quizás el más delicado, es la imperiosa inversión en infraestructura de IA. Todos los hyperscalers están superando previsiones anteriores y Microsoft en dos trimestres ha comunicado 34.900 y 37.500 millones de dólares.
En la actualidad, Microsoft cuenta con la dotación de centros de datos para IA más amplia de la industria y prosigue la construcción de su proyecto Fairwater, que pasa por ser el centro de datos más potente, en Wisconsin. Pero el reto de este programa parece residir en la eficiencia energética más que en la potencia de cómputo: Nadella ha admitido públicamente que el mayor de los problemas de Microsoft es la energía, advirtiendo – tómese como un ejercicio retórico – que pudiera darse la circunstancia de contar con un inventario de cientos de miles de chips y no poder conectarlos por ausencia de electricidad. Tampoco es el único directivo del sector que ha hablado en ese tono: toda la industria está priorizando la eficiencia en la computación midiéndola en tokens optimizados por vatio/dólar gastado.
En este contexto, alterado por las TPU de Google como alternativas a los aceleradores de Nvidia, Microsoft está rezagada, pese a sus desarrollos de Maia 100 y Cobalt 200, idóneos para inferencia. Además de contar con su propia cadena de suministro al margen de OpenAI, la integración vertical le permite controlar los costes asociados con la dependencia de proveedores de hardware: el aumento del capex se hace en detrimento del flujo de caja libre (FCF) y esto es algo que los accionistas vigilan con celo. En la hipótesis de que la demanda de cargas de trabajo fuera menos intensa o menos duradera de lo calculado, Microsoft podría encontrarse con la obligación de depreciar contablemente un hardware subutilizado.
El tiempo corre y los rivales anuncian inversiones, ¿cómo abstenerse de surfear la ola? Queda por ver en qué queda el amago de Nadella de ceder parcelas de mando ejecutivo para centrar su atención en lo que para él es la prioridad de la compañía, ser el líder indiscutido del explosivo mercado de la IA.
