El mismo juez federal que en agosto de 2024 sostenía que “Google es un monopolista y se comporta como un monopolista”, ha renunciado a castigar a la compañía porque – un año más tarde – el paisaje de las búsquedas en Internet ha cambiado con la inteligencia artificial. El mismo departamento de Justicia estadounidense (no exactamente el mismo) que proponía desmembrar a Google obligándola a vender Chrome, dice no haber cambiado de posición, pero no recurrirá sin una señal de la Casa Blanca. Es el desenlace ¿provisional? del mayor proceso antitrust en Estados Unidos desde 1998. La acusada –hoy Google, ayer Microsoft – sale intacta tras un litigio que habrá durado cinco años .

Sundar Pichai
Amit Mehta, titular del juzgado de distrito de Columbia [Washington DC] desbaratado en 230 páginas prácticamente toda las pretensiones del departamento de Justicia; en dos o frases se puede resumir su argumentación. Ante todo, no se desdice: Google ha violado la legislación antitrust y mantiene intacto su dominio sobre las búsquedas online. Pero… “a diferencia de otros casos en los que un tribunal ha de resolver una disputa basándose en datos históricos, [en este en concreto] se nos pide emplear una bola de cristal para ver e futuro. Esta no es exactamente la primera habilidad de un juez”.
Da gusto reproducir esta prosa. “La tarea de este tribunal consiste en discernir entre una conducta que bajo distintas formas sustenta un monopolio y el crecimiento que se consigue como consecuencia de un producto superior, de más perspicacia en los negocios o debido a algún accidente histórico”. Concluye que “tras un juicio que ha pasado por dos ciclos completos , este tribunal no ha podido determinar que el dominio de Google sea suficientemente atribuible a una conducta ilegal que justificaría la desinversión sugerida por la acusación”.
Con idéntica claridad, el juez deja esta reflexión: “por primera vez en más de una década, se presenta una perspectiva genuina de que aparezca un producto capaz de presentar un desafío real al dominio que Google ejerce sobre el mercado”.
¿Qué ha cambiado en lo que Mehta llama “paisaje” de las búsquedas en Internet? No menos de un 40% de esas búsquedas se hacen desde el navegador Chrome, motivo por el que la demanda identifica el control de Chrome (y de Android) con el abrumador dominio de Google Search, que la compañía convierte en una cuota alta de ingresos por publicidad. En Estados Unidos, los analistas de tráfico de Semrush han atribuido a Google una media de 92,44 búsquedas por usuario en junio de este año, superando de lejos a DuckDuckGo (51,20), a los que siguen Bing, Baidu y Yahoo. Pese a un descenso del 5% en los últimos doce meses, el liderazgo no ofrece dudas. Según la misma fuente, los números de Google son más altos en la UE y en Reino Unido (97.80 de media) pero el sesgo es el mismo.
El problema que señala el juez es que los cálculos del departamento de Justicia estaban desfasados: no sólo Google sino todos los motores de búsqueda convencionales pierden gradualmente cuota en favor de los chatbots a los que los usuarios interrogan directamente abandonando la costumbre de pasar necesariamente por aquellos. Esta es una consecuencia de la IA generativa que, naturalmente, no podía observarse en 2023, cuando las partes expusieron sus evidencias ante el tribunal . Desde entonces, ha aparecido un nuevo tipo de competidores nacidos de la IA. Tanto es así que que algunos recién llegados se han puesto a hacer números por si se les presentara la ocasión de pujar por Chrome, algo que en ningún caso ocurriría antes de varios años.
Perplexity ha sido el candidato más audaz, que se atrevíó a fijar “su” precio de compra del navegador (34.500 millones de dólares) si mañana se convocara una subasta. Bastaría con esta hipótesis, viene a decir el juez, para trastocar la línea maestra de la demanda federal: modifica los criterios originales y multiplica el número de competidores potenciales, lo que debilita la acusación de monopolio. Alguien ha escrito que, de rebote, la IA ha servido a Google como argumento para paralizar la amenaza de partición. No es poca ironía el hecho de que el departamento de Justicia retirase en marzo su despistada petición de forzar a Google para que vendiera sus inversiones en compañías especializadas en IA.
Por cierto, si se confirma el desplazamiento de un buen número de búsquedas hacia los chatbots, Google está bien preparada a través de Gemini, hoy por hoy el principal rival de ChatGPT. La interacción entre usuarios e Internet se verá reforzada y probablemente será un estímulo para que la publicidad alcance nuevos estándares de eficacia
En este punto, es lógico preguntarse si ha quedado cerrado el caso US vs. Google. Los letrados del departamento de Justicia siguen pensando que es necesario aplicar “remedios” para contrarrestar las ventajas acumuladas por Google en el mercado de las búsquedas online, cuya influencia se extiende al negocio publicitario [otro juicio, ante otro tribunal, tiene en sus manos esta cuestión]. De momento, el comunicado oficial presume de haber conseguido “remedios significativos contra Google”
La fiscal Abigail Slater, responsable de los casos antitrust, ha reaccionado con parquedad: “no nos damos por vencidos”. Aunque bien sabe que la decisión de recurrir o resignarse depende de su jefa, la fiscal general Pat Biondi, quien de ninguna manera actuaría sin antes consultar al presidente Trump.
Por otro lado, es improbable que los abogados de Google recurran aspectos menores de la sentencia, como la obligación de compartir con sus competidores información básica como la lista de sitios web en los que se originan las respuestas a las búsquedas de los usuarios, pero no la fórmula de conversión que es uno de sus secretos mejor guardados.
Otro cambio importante del que se beneficia Google: no tendrá que renunciar a los acuerdos firmados por los que Apple, Mozilla y Samsung, entre otros, a los que paga un incentivo para que adopten por defecto su motor de búsqueda. Pueden mantenerse, pero en régimen no exclusivo, lo que incluso podría ajustar a la baja las facturas sin perder eficacia. Adicionalmente, queda excluida la idea de prohibir que Google subvencione la preinstalación de su software en dispositivos de terceros.
No se encontrará en las cuentas de resultados de Alphabet ningún capítulo llamado Chrome (ni otro llamado Android), pese a ser sendas piedras angulares que sostienen la arquitectura económica de la compañía. Unos pocos números ayudarán a entender los efectos económicos de la partición que la justicia ha denegado. Un capítulo que sí existe, Google Search, ha cerrado el segundo trimestre de este año con ingresos de 54.190 millones de dólares, equivalentes a nada menos que al 56,2% del total de la compañía: mientras aumentaban un 11,7% sobre igual período de 2024. Los totales crecían un 14% y la diferencia se explica por el disparado crecimiento de Google Cloud (31,6% interanual). Los inversores, que se habían tomado con calma la amenaza, han reaccionado como era previsible: en tres días, la cotización de Alphabet ha subido un 11,1% y los analistas bursátiles cuentan las horas para que la capitalización cruce la línea de los 3 billones de dólares. Más allá, todo es posible. .
