Desde luego, no es uno de esos charlatanes de la singularidad ni mucho menos un pregonero de la inmortalidad, expresiones actuales de la seudociencia. Por el contrario, Demis Hassabis es un respetado científico, laureado en 2024 con el premio Nobel (de Química) y en su discurso público suele aparecer como meta la inteligencia artificial general (AGI) también llamada superinteligencia. En esta quimera se diferencia de Sundar Pichai – que raramente la menciona – y de Thomas Kurian, enfrascado en el negocio cloud Ahí reside una clave de los movimientos que estos días les involucran en la cúpula de Google: ellos sabrán si sus divergencias son tácticas o estratégicas, pero son noticia.

Demis Hassabis
Cofundador de DeepMind en 2010, que cuatro años después sería adquirida por Alphabet, Hassabis asciende a un puesto de observación a vista de pájaro, como científico jefe de Alphabet pero sin competencias operativas declaradas. El hecho no tendría mayor relevancia si no coincidiera con un baile de cargos que pone de manifiesto la existencia de un debate que apenas ha trascendido porque no trastoca el fondo económico de las políticas que sigue Google en relación la IA.
Cuando Alphabet pagó aproximadamente 400 millones de libras por DeepMind, no cabía dudar quién era el cerebro y el motor: fue ratificado como CEO y tuvo éxito mediático. La empresa siguió funcionando como “su” laboratorio de IA – ahora los llaman de frontera – sin que Hassabis tuviera que mojarse en los avatares del negocio, bien custodiado por Pichai y Kurian como primeros ejecutivos de Alphabet/Google y de Google Cloud, respectivamente.
A la vez, contribuía al desarrollo de modelos de IA generativa que Google decidió congelar temporalmente por explicable temor a que la IA debilitara sus fuentes de ingresos tradicionales.
Con semejante currículo, nada tiene de extraño que Google se proponga retener a Hassabis en sus filas: el sector vive un continuo trasiego de investigadores de IA y la compañía no está dispuesta a repetir el error de Meta, que dejó escapar a Yann LeCun h para cambiarlo por un niñato fichado a precio de oro. De modo que Hassabis ha sido recompensado con un cargo corporativo.
Lo que viene a dar la razón a quienes sostienen de un tiempo a esta parte que la IA es mucho más que la carrera visible entre decenas de modelos LLM: ya está impactando en todos los negocios del grupo, desde el buscador a los coches autónomos. Por cierto, nada de lo que Google invente podrá hacerse sin inteligencia artificial.
Queda pendiente la discusión – aquí entra un cuarto personaje que goza de peso propio, Sergey Brin, cofundador de la compañía – que gira en torno a la procelosa cuestión de dónde concentrar el mando efectivo sobre la IA: es azaroso opinar, pero parece improbable que ese mando recaiga en Hassabis, una vez que ha sido apartado de la cuenta de resultados.
Esta impresión se refuerza con otro anuncio significativo. Jeff Dean, científico jefe de Google con veintisiete años de antigüedad – empleado número 30 – se marcha tras fundar una startup con el respaldo financiero de su hasta ahora empleador. Con él se van tres destacados investigadores en IA: Sanjat Ghermawat, Oriol Vinyals y Quoc Le. El cuarteto comparte un proyecto que han bautizado como Discovery Loop, que busca automatizar la investigación científica mediante una clase emergente de IA con capacidad para automejorar, la anhelada RSI (recursive self-improvement).
Estos no son movimientos rutinarios de plantilla previsibles en una organización gigantesca. Otra salida notable ha sido la de Noam Shazeer, ex líder de Gemini, quien aceptó una oferta de OpenAI y en cuyo CV figura el haber entrado y salido antes de Google para fundar una startup que vendería (a Google, cómo no) por 2.700 millones.
Así funciona la rueda del casting en las grandes compañías de IA: véase el caso de John Jumper – receptor del Nobel junto a Hassabis – quien ha anunciado en LinkedIN su fichaje por Anthropic. O el de Peter Norvig, quien tras veinticinco años como director de investigación en Google ha decidido montar una empresa propia, también ella dedicada a la automejora recursiva. ¿No es llamativo que haya tanto trasiego intelectual de ida y vuelta entre compañías competidoras?
La salida de Dean – también conocido como crítico de las políticas de Donald Trump – hace que las funciones operativas sobre IA quedan en manos de Koray Kavukcuoglu, antes CTO de DeepMind, quien asume adicionalmente las funciones de arquitecto jefe de IA en la nueva estructura. Corresponde recordar que los méritos del desarrollo de la familia de modelos Gemini son compartidos por Hassabis, Dean, Shazeer y Kavukcuoglu, de los que dos quedan en la compañía.
Estos movimientos parecen apuntar a la formación de una estructura de gestión de la IA que reposaría más en Alphabet que en Google (aunque Pichai es CEO de ambas). El matiz ha llevado a la prensa estadounidense a concluir que aumenta la influencia de Brin, quien ha vuelto a jugar un papel activo en el diseño y desarrollo estratégico. Una de las versiones dice que la sede de DeepMind en Londres perderá importancia frente al complejo corporativo en Silicon Valley.
Aún no está claro que el británico Hassabis vaya a instalarse en California, pero se descuenta que entre sus funciones estará la investigación sobre la AGI, así como la dirección de Isomorphic Labs, que él mismo impulsó gracias a la repercusión de AlphaFold y se especializa en el descubrimiento de fármacos y avances biomédicos. Hassabis, según su biógrafo Sebastian Mallaby, confiesa cansancio con las tareas de gestión y echar de menos su laboratorio, oscurecido por la ambición comercial del grupo.
Podría verse, así se ha descrito, como una contradicción entre investigación y rentabilidad. El rol que Hassabis asume en Alphabet a partir de ahora no es un paripé. Por otro lado, la intensidad de la competición ha provocado que en el control de los productos de IA hayan prevalecido los ingenieros, pero el péndulo podría retornar si las empresas constataran que la celebrada IA les cuesta más de lo que les aporta. Y esto puede ocurrir por muy diversas razones, que aquí no vienen al caso.
Antes de dejar el cargo como CEO de DeepMind, Hassabis se había reunido con autoridades gubernamentales y líderes de otras compañías de IA para avanzar en la creación de una entidad dedicada a velar por la seguridad (aquí como traducción de safety) de la IA. Sería un constructo similar al Organismo Internacional de Energía Atómica, adscrito a la ONU y que promueve la cooperación en energía nuclear a la vez que procura preservar un marco de reglas aceptadas pero no por ello respetadas.
A la vertiente científica de Hassabis se contrapone la mentalidad empresarial de Thomas Kurian, CEO de Google Cloud y antes alto directivo de Oracle. El discurso constante de Kurian se centra obsesivamente en la productividad, argumento que tiene en la IA su sustento. Con la significativa ventaja de que esta división es percibida como beneficiaria de la reestructuración de Alphabet.
Mientras tanto, a Google Cloud las cuentas le salen redondas. Creció un 82% en el pasado trimestre, hasta facturar 24.800 millones de dólares, con unos beneficios disparados hasta 8.814 millones y una consecuente mejora del margen operativo, ya en el 34%. Ha cerrado el período con un backlog de 514.000 millones que se materializarán en ingresos durante los próximos veinticuatro meses. Expresado en una categoría actual, otro indicador positivo es la aceptación de las API vinculadas a Gemini : ya procesan 22.000 millones de tokens por minuto. Este es el marco en el que se desplegarán las maniobras venideras.

De otro lado, Google ha vuelto a elevar sus compromisos de capex para este año fiscal, en una horquilla de 195.000 a 205.000 millones, lo que no es del gusto de todos los accionistas, pero es lo que hacen todos los actores del mercado de inteligencia artificial. Esta circunstancia supone que, por primera vez, el flujo de caja de Google ha sido negativo, lo que obliga a aumentar la deuda, que no es ni ha sido nunca un problema. La acción sólo ha subido un 7,5% desde enero pero el valor bursátil de la compañía duplica el de 2024 por estas fechas.
La reestructuración llega, pues, en un momento extraño, cuando Google Cloud –el hyperscaler que más crece – se prepara para una agudización de la competencia en la IA con OpenAI (enemigo) y Anthropic (amigo), lanzadas simultáneamente en carrera por legitimarse a través de una salida a bolsa. Aunque, a diferencia de estos novicios, Google no necesita tener el mejor modelo para sacar tajada de la IA. Así lo demuestran las cifras ascendentes de sus servicios cloud y los primeros resultados de las TPU (se publicarán segregados el año próximo). No obstante, en el frente de la propaganda es exigible presumir de estar siempre en vanguardia.
Hasta hoy, la estrategia IA de Google ha acertado en conjugar el verbo abarcar: tiene modelos para la generación de texto, de imágenes, de voz y de vídeo, así como la integración de capacidades en distintas aplicaciones de su panoplia. No será fácil, nunca lo es, actuar como punta de lanza en todos los dominios en los que opera la compañía.