18/06/2018

Dejad que los desarrolladores vengan a mí

Steve Ballmer sigue brincando (en You Tube) al grito de ´developers, developers, developers`. A su manera proclamaba que Microsoft desesperaba por el calor de los desarrolladores. Su sucesor desde 2014, Satya Nadella, sabe bien que a los creadores de software no se les seduce con Windows porque respiran la atmósfera del código abierto. «Constructores de la nueva era», les llamó al anunciar que Microsoft pagará 7.500 millones de dólares por GitHub, plataforma usada por 28 millones de programadores. Por su parte, los inversores que han aguantado diez años de pérdidas de GitHub, eran conscientes de que – como tantas otras de su condición – necesitaba encontrar cuanto antes una familia de acogida.

Chris Wanstrath, Satya Nadella y Nat Friedman

En 43 años de existencia de Microsoft, es la cuarta adquisición más cara; probablemente sea la más desproporcionada en relación al negocio que aporta, pero no se aparta del patrón marcado por Nadella: en este caso, más que la ingesta de una empresa, ha buscado una comunidad con la que explotar intereses mutuos. A poco de ser nombrado CEO, negoció la compra de Mojang, creadora del juego Minecraft: por entonces, muchos pensaban que Xbox era una apuesta perdida, pero Nadella supo ver más allá de la consola; en los juegos online había una comunidad tan extensa como apasionada, con la que construir vínculos profundos.

Cada vez hay más desarrolladores que trabajan al margen de la industria. La mayoría alojan en GitHub sus herramientas y códigos y podrían proporcionar a Microsoft una senda abierta, sin pretensión de monopolio. Otra referencia que puede valer es la compra de LinkedIn, que se ha asimilado de tal manera que la mayoría de sus usuarios ni siquiera saben de quién es la propiedad.

Lo peculiar de GitHub es que los usuarios son desarrolladores imbuídos de una mentalidad comunitaria (ellos son los propietarios de sus códigos y la empresa sólo actúa como repositorio) lo que les lleva naturalmente a recelar de las intenciones de Microsoft, a la que siempre han considerado un antagonista. Lo que empezó como un sitio idóneo para alojar proyectos personales, con los años ha acabado desempeñando un papel clave con el furor de las aplicaciones: GitHub es a la vez un repositorio y una red social con un alcance difícil de superar.  En su seno habitan dos ´almas`, una más dispuesta que otra a la monetización de sus esfuerzos, un terreno que Microsoft deberá pisar con cuidado para no enajenarlos.

«Veo mucho sentido en el escepticismo de muchos usuarios – reconoce Chris Wanstrath, cofundador de la empresa – yo mismo, hace un par de años, no hubiera imaginado este desenlace». Es evidente que la Microsoft actual, con su foco puesto en el negocio cloud, dista mucho de la hostilidad hacia todo lo que oliera a open source que animaba a Ballmer. Todo lo contrario: hace gala de que Linux es bienvenido en Azure y este será el encaje de la diminuta GitHub en la tercera empresa del mundo por capitalización bursátil.

Para tranquilizar a los usuarios, GitHub funcionará con independencia [la misma táctica que tan bien ha funcionado en LinkedIn] y promete seguir soportando desarrollos en múltiples lenguajes de programación con herramientas que permitan que sus códigos puedan ejecutarse en distintos sistemas operativos, incluso los de rivales de Microsoft. Que esta no actúe discriminatoriamente no significa que no le interese dar más visibilidad a sus propias herramientas de desarrollo. El cierre el año pasado de Codeplex, repositorio con el que pretendió replicar a  GitHub, es un reconocimiento explícito de que era un esfuerzo redundante: desde entonces, Microsoft  es usuario masivo de GitHub, en la que aloja unos 2 millones de proyectos.

Puede que a los competidores – en particular Google, que se arrepiente de no haber presentado una oferta – no les guste la idea de que una legión de desarrolladores afines usen una plataforma controlada por su rival. Sin embargo, por mucho que a Microsoft le interese ampliar el horizonte de Azure, difícilmente se atrevería a sabotear a quienes se decanten por Amazon Web Services o por Google Cloud. Si así lo hiciera, habría deserciones en favor de las alternativas como GitLab, que no ha tardado ni 24 horas en tratar de capitalizar la incertidumbre. O BitBucket, mucho más profesional y propiedad de la compañía australiana Atlassian.

A toro pasado, todo el mundo sabe describir la lógica de la adquisición. No hace falta: la ha explicado Nadella en una sesión con analistas. «Hemos entrado en la era de la nube inteligente y del extremo [edge] inteligente. La computación está embebida en cada elemento de la vida cotidiana y en cada aspecto de la sociedad […] y el crucial papel de los desarrolladores es más importante cada día». Apoyándose en datos de LinkedIn (dónde si no) recordó que la demanda de roles de ingeniería de software está creciendo en otros sectores un 25% más rápido que en la industria de las T.I: «en toda clase de compañías, la creación de valor está influída por el trabajo de los desarrolladores».

Desde hace tiempo se rumoreaba que los capitalistas que han sostenido a GitHub, estaban perdiendo la paciencia. Las últimas cifras disponibles, de tres trimestres de 2016, indican pérdidas de 66 millones de dólares para una empresa que en diez años ha recaudado 350 millones en sucesivas rondas de financiación. Durante casi un año, Wanstrath ha buscado sin éxito quien ocupara su puesto como CEO; al final, Microsoft  le ha encontrado reemplazo en sus filas: Nat Friedman, quien llegó a la compañía de Redmond con la compra de Xamarin, que fue un hito en la conversión a Linux. Dentro del nuevo organigrama, reportará a Scott Guthrie, VP ejecutivo a cargo de Cloud e IA.

«Esperamos que se nos juzgue por nuestras acciones», fue lo primero que dijo Friedman, haciendo gala de sus antecedentes personales: «descubrí Linux en el instituto y más tarde dediqué una década al movimiento open source; fuí de los primeros en subir un código escrito por mí a GitHub en 2009, meses después de su nacimiento».

Mientras hablaba Friedman, se proyectaba una transparencia en la que los logos de AWS y Google Cloud tenían el mismo tamaño que el de Azure. Retomando la retórica de Nadella, Friedman subrayó que ´la nube` es hoy la primera prioridad de los desarrolladores «y la nuestra será la misma que ha sido la de GitHub: ayudarles en cada fase de su trabajo y del ciclo de vida de su software, lo que incluye ayudarles a construirlo para la nube».

Esta adquisición no está, por tanto, motivada por el potencial económico directo de GitHub. Se estima que en 2016 ingresó 130 millones; a una ratio del 35% de crecimiento, habría subido a 178 millones en 2017, cifra que en cualquier caso equivale al 0,2% de las ventas totales de Microsoft o, afinando un poco más, el 0,6% del segmento Intelligent Cloud, que sigue ganando enteros.

Más sutil, pero sin duda relevante, es el acceso que Microsoft gana a buena parte del talento del Silicon Valley. Wanstrath, que fundó GitHub en 2008, permanecerá en Microsoft – ya se verá por cuanto tiempo – pero sin funciones ejecutivas. Por sus acciones cobrará un monto estimado en 1.500 millones de dólares. Entre los principales accionistas beneficiados aparecen los fondos Sequoia Capital y Andreessen Horowitz, además de otro fundado por Josh Kushner, hermano del yerno de Donald Trump. En total, han conseguido multiplicar por veinte la cantidad invertida.

Amy Hood, CFO de Microsoft, dijo a los analistas que no espera objeciones a la transacción por parte de los reguladores de Estados Unidos y Europa, por lo que podría quedar formalizada antes de finalizar 2018. Implica que, en el mejor de los casos, la actividad de GitHub no se reflejará en la cuenta de resultados de su propietaria hasta el siguiente año fiscal.


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