11/12/2023

Broadcom inicia la complicada ingesta de VMware

Setenta y ocho semanas ha tenido que esperar Broadcom hasta que fuera autorizada su compra de VMware. Esta inusual  fusión de un fabricante de semiconductores con un especialista en software empresarial sólo se desatascó tras el encuentro de Xi Jinping y Joe Biden en San Francisco. Tenían temas de más enjundia sobre la mesa, pero el bloqueo de esta transacción no era asunto periférico: China necesita imperativamente importar chips de Broadcom para que sus redes se mantengan competitivas, mientras que, de los ingresos totales de Broadcom, el 30% procede del mercado chino. El nudo era político y la solución al bloqueo se amañó entre ambos mandatarios, aunque en público guardasen las formas.

Hock Tan

Como está mandado, la bendición de Pekín implica condiciones: la primera, que los productos de la empresa fusionada estarán exentos de  las sanciones estadounidenses, por lo que  se seguirían exportando a China sin trabas, con el consiguiente recelo del resto de la industria, que aspira a lo mismo; la segunda, que el software de VMware será interoperable con el hardware de los rivales de Broadcom, entre ellos las marcas chinas, que no esconden su prisa por disponer de una alternativa propia. El acuerdo, además, prevé que China tendrá derecho a supervisar que se cumplen las dos condiciones anteriores y se reserva una  eventual retirada del permiso para que la nueva compañía opere en el país.

En este clima de suspicacias recíprocas, quedan cuestiones inciertas o no explicadas. Una es la inesperada, aunque previsible, hégira de los dos primeros directivos de VMware: el CEO, Raghu Raghuram, se aparta y  durante un tiempo acompañará a Tan como asesor; su segundo, el COO Sumit Dhawan, se ha marchado a dirigir una empresa de ciberseguridad y es posible que migre el hasta ahora CTO, Kit Colbert..

Ambos directivos habían recibido primas millonarias de permanencia que, hay que suponer, se les han perdonado. Otros altos directivos seguirán ese camino en cuanto puedan, mientras la compañía se reestructura en cuatro divisiones operativas, segregando una cuarta rama para luego venderla. En general, la política de la nueva propietaria consistirá en reducir el tamaño de VMware, aunque Broadcom se trasladará al mucho más cómodo campus de esta en Palo Alto (California).

La lenta espera [según el pacto firmado por las partes, la operación tenía como fecha límite el 26 de noviembre y se consumó el 22] había provocado desazón en las filas de VMware, que se confirmaba al anunciarse una primera tanda de 1.800 despidos. A los que sin duda seguirán otros, en la medida que avance la reorganización de los negocios y sea oportuno reducir la plantilla.

Es lo esperable tras un complejo historial de inversiones y desinversiones: Tan presenta más rasgos de funámbulo financiero que de tecnólogo, pero no le ha ido mal. Por cierto, ya prescribió aceite de ricino tras adquirir Brocade (2016), CA Technologies (2018) y lo que quedaba de Symantec (2019). Estas tres, que forman su actual división de infraestructura, en 2023 han facturado 7.637 millones de dólares (el 21,3% del total de Broadcom) y – según se conjeturó tiempo atrás – deberían formar parte de la misma organización que VMware, con un total de ingresos que, con optimismo, los analistas estiman en unos 50.000 millones en 2024. La jerarquía resultante dista de estar clara.

Los despidos fulminantes tras cerrar la adquisición se daban por asumidos y, por consiguiente, los competidores de VMware llevaban tiempo echando anzuelos en esas aguas. A la vez, cortejan a los canales de distribución y difunden advertencias acerca de los problemas que esperan a los clientes de la empresa adquirida. Es la ostensible estrategia de Nutanix y su CEO, Rajiv Ramaswani, quien antes fuera vicepresidente de VMware. De las escasas declaraciones de Tan se desprende que la fusión comprimirá a unos 500 el número de grandes clientes, que Broadcom atenderá directamente, dejando que del resto, más de 20.000, se ocupen terceros.

Hock Tan, ducho en adquisiciones audaces, no se ha esforzado para nada en contradecir ese ambiente de escepticismo. De hecho, cualquier podía esperar que la demora en cerrar la transacción le habría permitido trazar sus planes con detalle. Y seguramente lo ha hecho, pero no se trasuntan por ahora en ninguna otra iniciativa. Apenas ha dejado trascender su programa de integración ni cómo piensa articular la cúpula directiva, que no será fácil. Tampoco cómo va a gestionar la marca de una empresa que la ha preservado durante los años en que ha formado parte del imperio de Michael Dell, que aprovecha para llevarse a casa el valor de las acciones que aún retenía.

Las dos noticias sustantivas que ha desvelado Broadcom conciernen a dos negocios de VMware que no entran en los planes de Tan. Uno es la unidad EUC [End-user computing]. Desinvertirá en ella, pero no está tan claro que llegue a un acuerdo para venderla sin proceder a nuevos despieces. Al mismo tiempo, los portavoces de Tan han avisado de que Broadcom devolverá la autonomía a Carbon Black, desprendiéndola de VMware para formar un bloque de ciber seguridad con Symantec. Si optara por vender estas unidades de negocio que no le interesan, Tan podría recaudar unos 2.000 millones de dólares el año entrante.

Se ha rumoreado que el nuevo dueño de VMware estaría descontento con la marcha de Tanzu. VMware ha dedicado años y millones a mejorar su posición en el emergente mundo cloud-native, lo que exigía un acreditado dominio de Kubernetes. Esta plataforma basada en contenedores es el corazón de la estrategia multicloud de VMware y aunque contribuye poco a los objetivos de rentabilidad de Tan, sería extremadamente difícil que pudiera dar un golpe de timón [kubernetes, en griego, significa timonel] si de verdad aspira a jugar un papel en el software para la nube.

El propósito de Tan, según ha dicho él mismo, es que Broadcom obtenga el 50% de sus ingresos del software y, al mismo tiempo, una rentabilidad que le permita pagar los 28.000 millones de dólares en los que se ha endeudado para concretar la compra. La receta es notoria, al menos en grandes líneas: valerse de la herencia de una infraestructura neutral, que es capaz de trabajar con muchos servicios cloud – y no sólo los cuatro o cinco más conocidos – para acabar de construir un entorno multicloud que VMware ha perseguido denodadamente.

Tras estos primeros movimientos se adivina la meta: una suerte de API (interfaz de programación) universal que permita a los usuarios navegar por distintos escenarios en la nube. Suena fácil pero no lo es: simplificar la migración de aplicaciones entre diferentes nubes públicas y privadas.


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