29/10/2012

Windows 8 / RT reescriben las reglas

Algunos comentaristas se han extrañado de que, justo cuando Windows 8 sale a jugársela en el mercado, Microsoft haga profesión pública de que ya no es una empresa de software, ni quiere ser llamada como tal, sino como a devices and services company. Así está dicho por Steve Ballmer en una carta a los accionistas, y ratificado por él mismo en una entrevista emitida por la BBC. Ballmer puso cuidado en resaltar que Microsoft sigue contando como aliados a los fabricantes de hardware, pero su mensaje tienen un sentido inequívoco: se apresta a diseñar sus propios devices, por el camino abierto con su tableta Surface, y esto sí que es un cambio radical en su modelo de negocio.

En una entrevista a Steve Clayton, el cronista oficial de Microsoft, el mismísimo Bill Gates ha salido a escena para profundizar en esta línea. “Windows 8 es un paso hacia una plataforma única”, proclama el fundador y chairman de la compañía. Esto significa que, en un futuro no lejano, un PC, una tableta y un smartphone compartirán un mismo sistema operativo, de manera que el usuario podrá ejercer su propia “personalidad” en cualquiera de esos dispositivos, con independencia de la apariencia, la ubicación o la configuración.

Los párrafos anteriores no son una digresión que alejaría al lector del hecho principal, la aparición de Windows 8, sino el contexto en el que la noticia adquiere su pleno sentido. Para Microsoft es seguramente el lanzamiento más importante desde Windows 3.0 en 1990, y forma parte de una cadena de cambios. No es, por tanto, un nuevo producto sino un viraje estratégico de fondo. Para atestiguarlo, basta con observar que la compañía lleva tiempo reemplazando en su lenguaje la expresión PC por otra sutilmente diferente: personalized computing. El matiz implica que la experiencia del usuario no estará vinculada a una determinada tipología de dispositivo. Es notorio que el mercado de PC se achica constantemente, y los usuarios están poco dispuestos a seguir el ritmo de las actualizaciones de Windows: renuevan el sistema operativo cuando compran un nuevo PC, lo que ocurre con menos frecuencia, y es relevante recordar que un tercio siguen usando Windows XP, con once años de antigüedad. Si Windows 8 fuera sólo el sucesor de Windows 7, poco carrete tendría.

A propósito de virajes, con su disposición al hardware propio – hoy Surface, mañana más modelos, potencialmente un smartphone – Microsoft ha introducido una tensión – en cierto modo una brecha – entre su propio modelo de negocio y el de los fabricantes de PC; pero, al mismo tiempo, sabe que estos no pueden moverse de su casilla, porque se caerían del tablero. Ha dicho Ballmer que hay actualmente 670 millones de PC basados en Windows, “esperando el momento de actualizar a Windows 8”. Esto ya es mucho suponer, pero de lo que no parece haber dudas es de que en 2013 se venderán unos 400 millones de PC, y la gran mayoría llevarán Windows 8 instalado. Por lo tanto, los consumidores van a sumarse inevitablemente a la corriente; en cuanto a las empresas, podrán remolonear un tiempo, pero Windows está tan imbricado en sus sistemas de TI que acabarán dando el salto. ¿O acaso alguien imagina que podrán seguir mucho más con XP?

Es un hecho que el mercado de PC está en declive, mientras el de las tabletas crece, y en el segundo Microsoft no pinta nada. Windows 8 ha sido diseñado para resolver este problema: no ha sido engendrado para continuar la saga Windows, sino como un sistema operativo pensado a partir del interfaz [brevemente llamado Metro] creado para Windows Phone y que se ha extrapolado para que funcione en dispositivos híbridos y en los PC [puede que la próxima Xbox lo lleve también].

Desde la mañana del viernes, Windows 8 está oficialmente disponible, y Microsoft ha entrado en una nueva era. Suena retórico, pero se trata realmente de una era diferente. La interpretación simple es que se trata de su primer intento serio de hacer pie en el mercado de las tabletas, pero el objetivo va más allá: ponerse a la vanguardia de un mundo en el que todas las interacciones serán táctiles, una audacia con la que no se han atrevido Apple ni Google, sus grandes adversarios, para los que la experiencia de una tableta es distinta a la de un PC.

Windows 8 ofrece la alternativa de combinar el interfaz táctil con la pareja tradicional de teclado y ratón. En verdad, Microsoft no tenía otra posibilidad, porque con Windows 7 no podría competir en el mercado de las tabletas. En este sentido, Microsoft hace lo que cualquier imperio: preservar sus dominios y expandirlos.

El número de analistas que elogian esta política como “diversidad” es igual al de los que la cuestionan como fuente de “confusión”. Realmente, no es fácil esquematizar las variantes del nuevo Windows, y no será fácil para Microsoft y los fabricantes transmitirlas al público con un lenguaje común de marketing. Algunas máquinas tienen pantalla táctil y otras no; con teclado físico o virtual optativos; el interfaz de usuario por defecto tendrá estructura de mosaico, pero en algunos modelos el usuario podrá pasarse al escritorio convencional. Esto sin contar con que dos arquitecturas de procesador diferentes (x86 y ARM) determinan la escisión entre Windows 8 y Windows RT, ni con la bifurcación entre portátiles y tabletas, a la que se añaden los híbridos que cumplen las dos funciones.

Es natural que tantas opciones provoquen perplejidad inicial entre muchos usuarios. Pero, al mismo tiempo, tienen el mérito de facilitar a los fabricantes la tarea de diferenciar sus productos. Aunque Microsoft generalmente ha sido indiferente a las opciones de diseño de sus partners, mientras pagaran licencia, lo cierto es que la industria se ha ido acomodando a diseños repetitivos, con pocas variaciones de fondo, a la producción en serie made in Asia y, en todo caso, a seguir el paso marcado por los ciclos de Intel. También para ellos el juego ha cambiado.


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