4/12/2013

Más gestos = menos teclado y menos ratón

Quién iba a decir a los científicos que hace años abrieron camino a las tecnologías biométricas, aquellas que iban a valerse de los rasgos intransferibles de un individuo (como el iris o las huellas dactilares), que el día de esplendor de sus inventos no vendría de las aplicaciones más serias y sofisticadas sino de las más lúdicas y consumistas. Es todavía pronto para saber cómo acabará esta carrera, pero firmas tan ricas y ambiciosas como Apple, Google, Intel y Microsoft, entre otras, están metidas de lleno. Se trata de que unos dispositivos faciliten la interacción con otros dispositivos o integren capas de seguridad y personalización o abran la puerta a usos como el pago móvil, que no acaba de despuntar.

Veamos los hechos. La semana pasada, Apple confirmó la adquisición por 350 millones de dólares de la compañía israelí PrimeSense, que desarrolla tecnologías de reconocimiento de gestos. Su system-on-a-chip fue licenciado por Microsoft en la primera fase de su Proyecto Natal, que llegaría al mercado con el nombre comercial de Kinect. Pero, en lugar de fagocitar la empresa – que finalmente caería en manos de su gran rival – Microsoft prefirió comprar otras dos, ZCam y Canesta, más afines a sus desarrollos propios. Por esto resulta curioso que el mismo día en que se hacía público el acuerdo de compra de PrimeSense, Julie Larson-Green, VP de Microsoft, proclamaba en una conferencia de inversores que «Kinect será un arma esencial para diferenciarnos de Apple».

Más allá de la consola XboxOne, Microsoft seguramente incorporará Kinect en sus futuros smartphones, y tiene acuerdos para licenciar la tecnología a compañías tan dispares como Toyota, Nissan, Boeing, Coca Cola y Siemens. No se sabe qué darán de sí esos acuerdos, pero es lógico que Apple no deje pasar la oportunidad.

El por qué del interés de Apple en PrimeSense se puede imaginar. Una de las posibilidades sería dar un giro radical a su plataforma Apple TV. Que el tan conversado proyecto iTV acabe pareciéndose a la estrategia de Microsoft con su XboxOne es una hipótesis seductora para algunos comentaristas, proclives a evocar escenas de Minority Report como antes hacían con Star Trek. Sin necesidad de remontarse al cine, otras aplicaciones son posibles ahora mismo, y la cartera de patentes de PrimeSense ha pasado a ser controlada por Apple. Tiempo al tiempo.

Lo verdaderamente seductor es intuir la continuidad de esta familia de tecnologías. Los dispositivos de la vida cotidiana – los existentes y los que están por llegar – empiezan a ser incompatibles con el interfaz basado en teclados, lo que ha puesto otra vez de actualidad la biometría: en no mucho tiempo, los usuarios «conversarán» con sus dispositivos, ya sea mediante la voz o los gestos. Si empiezan a prescindir del teclado, el eclipse del ratón es sólo cuestión de tiempo. ¿Por qué no pensar en ese fenómeno emergente que llaman wearable computing? ¿Por qué no atreverse a imaginar que interactuar con las máquinas pueda no ser muy distinto a interactuar con otros seres humanos?

Google Glass es en muchos sentidos un enigma, pero tiene una faceta de reconocimiento de gestos. Y Google no es ajena a la ola de adquisiciones. A finales de setiembre, compró Flutter, una jovencísima compañía cuyo mérito es haber desarrollado un software que permite controlar un PC a través de gestos identificables por una webcam. Es improbable que el comprador se proponga mantener el producto de Flutter como aplicación autónoma; más plausible es que digiera su tecnología, nadie sabe con qué fin.

Para no ser menos, Intel ha cerrado la compra de otra empresa israelí, Omek Interactive, por la que ha pagado 40 millones de dólares (ya había ayudado a financiarla invirtiendo 7 millones en 2011). Omek tiene dos productos que encajan en la línea de los párrafos anteriores: Beckon, es una interfaz para el reconocimiento de gestos corporales, cuyo objetivo principal son las aplicaciones de juegos y de televisión; Grasp viene a ser lo mismo para móviles y PC.

Al alcance de la mano, nunca mejor dicho, está la biometría para móviles. Apple pretendió sorprender con su asistente personal Siri, un buscador activado por voz, pero hasta ahora se ha quedado en un capricho para frikis. Más recientemente, una de las novedades del iPhone 5S ha sido la protección de acceso mediante escaneado de la huella digital, y en esto parece que ha acertado, porque Motorola (es decir, Google) y HTC (en su smartphone HD Max) han seguido sus pasos. Claro que Samsung está en la misma carrera: el interfaz de seguimiento de los ojos incorporado en el Galaxy S4 ha sido acogido como una curiosidad y poco más, pero ya se dice que el Galaxy S5 tendrá una función similar a la del último iPhone, y quizás alguna otra aplicación biométrica. Hace poco, se produjo un caso chusco, cuando una empresa danesa, Fingerprint Card, tuvo que desmentir una información según la cual había cerrado un acuerdo de compraventa con Samsung; no obstante, quedó la sensación de que «cuando el río suena, agua lleva».

Hay numerosas oportunidades que esperan materializarse. La lista de startups dedicadas a este campo es muy amplia, y casi todas esperan esa llamada que ponga en marcha una transacción de venta: NexID, BIO-key, BioClaim, Synaptics (una de las más ricas en patentes), Aware, y un sinfín de nombres apenas conocidos fuera de su círculo. ¿Quién hará la próxima oferta por una de ellas?

Podría ser Samsung, por ejemplo. La firma coreana trabaja para poner una dosis de biometría en su muy publicitado smartwatch Galaxy Gear, un primer exponente de la oportunidad que se abre a esa tecnología en el wearable computing. La tecnología ya es suficientemente madura para identificar otros aspectos sensoriales, como el pulso o la temperatura.

La seguridad es la principal ventaja que a cualquiera le viene a la mente al hablar de biometría. ¿Será una llave para el despegue real del smartphone como medio de pago fiable, integrada o no en la tecnología NFC? Tampoco puede decirse que sea la panacea porque, en consonancia con la máxima de que el 100% de seguridad es imposible, los sensores biométricos ya han sido hackeados. Es una de las barreras que pueden frenar su adopción: muchos usuarios pueden ver la biometría con buenos ojos, e incluso superar reticencias antiguas, pero no son pocos los que se echan atrás ante la posibilidad de que se constituyan bases de datos con sus huellas dactilares o sus rasgos faciales.

Paradójicamente, otra de las barreras a superar resulta de la sencillez de uso. Hubo un tiempo en el que muchos portátiles incorporaban lectores de huella dactilar como un plus de seguridad, pero esa práctica no acabó de cuajar. Un papel clave corresponde a los desarrolladores, que cada vez investigan más para incorporar el reconocimiento de gestos como elemento de sus aplicaciones; el acelerómetro es tan corriente que uno se pregunta cuál será el siguiente paso. Templar el entusiasmo es un buen criterio a seguir: no sería la primera ni la última vez que en las pruebas con usuarios reales, estos acaban haciendo justo lo contrario de lo observado en el laboratorio. ¿Por qué? Porque además de lo que cabe esperar de las máquinas [que sean sencillos de usar y recordar, intuitivos y lógicos] a los humanos les toca aprender, una capacidad que está menos extendida de lo que se cree. Con esta prevención, que es obligatorio tener en cuenta, la biometría en general, y el reconocimiento gestual en particular, han llegado para quedarse.

[informe de Arantxa Herranz]


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