22/05/2018

La IA en China es rica pero no autosuficiente

Los nombres propios Trump y China se cruzan últimamente en todas las lenguas y formatos. Al margen de las sanciones contra ZTE y Huawei, de los faroles en las negociaciones bilaterales, las noticias traen ecos de otra batalla menos ruidosa, la pugna entre dos superpotencias por llegar antes y más lejos en los desarrollos de inteligencia artificial. La consultora CB Insights ha estimado que China representó en 2017 el 48% de los fondos destinados en todo el mundo a financiar empresas de IA, mientras Estados Unidos se quedaba rezagado con el 38% y el resto del mundo se conformaba con el 13%. Lo más relevante del dato es que China consiguió ese 48% con sólo el 9% de las operaciones registradas.

Hay, desde luego, un exceso de palabras fútiles en torno a la IA. Se da por aceptado que marcará la vida cotidiana de la humanidad en las próximas décadas, y este cronista no pretende discutir esa creencia: se limita a narrar la carrera. Según CB Insights, si China puede tomar la delantera es porque su ratio de reinversión del capital es superior a la de Estados Unidos, porque las empresas chinas se esfuerzan en aumentar sus capacidades mientras las estadounidenses prefieren recompensar a los accionistas aun cuando los beneficios flojean (o incluso más cuando flojean, para mantener la cotización). Más que dos modelos de sociedad, se trata de dos modelos de capitalismo.

No se puede decir que las autoridades de Pekín disimulen su meta: que las empresas chinas se conviertan en líderes en las tecnologías basadas en IA en 2030. El último plan gubernamental las define como una prioridad estratégica. Varias provincias y ciudades ofrecen generosos incentivos a las empresas emergentes; por ejemplo, la ciudad de Shenyang – está en Manchuria, no en Shenzhen – ha creado un fondo dotado con 20.000 millones de yuanes (unos 2.600 millones de euros) para el desarrollo de una industria local de robótica avanzada. Estas políticas favorables han inspirado a los gigantes de Internet conocidos colectivamente como BAT (Baidu, Alibaba y Tencent), a la vez promueven una floración de empresas noveles.

Baidu ha desarrollado un sistema de traducción automática basado en redes neuronales, que – según la compañía – ha logrado una precisión de reconocimiento de voz superior a la de los propios humanos. Asimismo, ha lanzado una plataforma open source para acelerar su iniciativa de desarrollo de vehículos autónomos. Su rival Tencent ha establecido un laboratorio «con 50 científicos de primera línea mundial» cuya misión se centrará en «contenidos sociales y juegos, tomando como componente fundamental la inteligencia artificial».

Megvii, una empresa emergente respaldada por un fondo ruso-chino y otro de Jack Ma, fundador de Alibaba, se especializa en visión artificial. Su producto de reconocimiento facial bautizado como Face ++, ya ha  reconocidos 100 millones de rostros, que no son pocos ni siquiera para la  estadística china. Por su parte, iFlytek, que se autodenomina «líder mundial en el procesamiento inteligente del habla y el lenguaje natural», es autora del asistente de voz Lingui y ha alcanzado un valor equivalente a 12.000 millones de dólares en la bolsa de Shenzhen.

En el ámbito académico, la investigación en IA cuenta con una comunidad robusta que permite canalizar conocimientos tanto en chino como en inglés. Un gran número de graduados en ciencia e ingeniería se incorporan a la industria y uno de sus campos de preferencia es la IA, informe el South China Morning Post [por cierto, absorbido por Alibaba con la misma soltura con la que Jeff Bezos adquirió el Washington Post]. Señala el periódico de Honk Kong que gracias a su alto número de usuarios de Internet y smartphones, China acumula  un impresionante inventario de datos personales que alimentan los algoritmos de machine learning. El acceso a esos datos para elaborar patrones de comportamiento permite a los investigadores experimentar a gran escala y a una velocidad superior a la de otros países «más respetuosos – dice el SCMP – de la privacidad de las personas».

Otra de las fuerzas motrices de estos desarrollos es la recuperación de expatriados que han estudiado en universidades americanas o trabajado en empresas líderes. Un caso de gran repercusión ha sido el retorno a China de Qi Lu, que llegó a ser uno de los cuatro directivos de más rango en Microsoft antes de su fichaje por Baidu que le confirió el cargo de COO. Aunque, todo hay que decirlo, en las últimas semanas se ha informado de su dimisión, aparentemente debida a que su familia soporta mal el cambio de residencia.

Un informe de Goldman Sachs afirma que la segunda economía del mundo ya es un competidor global en los usos de la IA para impulsar su crecimiento. El banco de inversión identifica cuatro grandes necesidades para crear valor asociado a la IA: talento, datos, infraestructura y potencia de cálculo. China reúne las cuatro condiciones, pero se duda de que el talento sea suficiente para tan altas ambiciones.

Por tanto, reclutar talento fuera del país es un imperativo para China. Así como los gigantes tecnológicos estadounidenses están abriendo laboratorios en todo el mundo, las compañías chinas se instalan en el Silicon Valley. Además del sonado caso de Qi Lu, Tencent arrebató otro científico a Microsoft, Yu Dong, quien dirigirá su nuevo laboratorio… en Seattle.

Según el citado informe de Goldman Sachs China generaría aproximadamente el 13% de la información digital que se produce a escala mundial. «Para 2020 – apunta – esperamos que crezca hasta un 20% o quizás un 25%, ya que la economía china desbordará en prácticamente todos los indicadores a la estadounidense». También predice que China generará ese año de referencia más de 9 zettabytes de datos.

El riesgo que corren los planes chinos es geopolítico. Donald Trump no va a leer la documentación oficial sobre inteligencia artificial ni falta que le hace. Actúa como si el libro The art of the deal, firmado por él pero escrito por un tal Tony Schwartz, fuera útil como manual para las relaciones internacionales. Si sus desafueros vía Twitter fueran a más, el acceso de China a la tecnología y conocimientos extranjeros podría verse afectado, al menos temporalmente.

Un informe atribuído al Pentágono advierte que capitales chinos han invertido más de 700 millones de dólares en startups estadounidenses en los últimos seis años, lo que no parece mucho pero el departamento de Defensa ve como amenaza a la seguridad nacional. El memorando sugiere que los científicos e investigadores norteamericanos deberían abstenerse de trabajar con empresas – y con colegas chinos – si consideran que podrían estar sirviendo a «fines autoritarios y de espionaje». ZTE y Huawei ya están experimentando esta línea de pensamiento; quizá no sean las últimas víctimas de esa política.


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