De las discrepancias que enfrentan a Estados Unidos y China, la inteligencia artificial es una de muchas. No la más importante ni, probablemente, aquella en la que más se alejan. Pero se ha convertido en la faz visible de una pugna entre las dos potencias que trasciende el tablero geopolítico y afecta a franjas cruciales de sus economías. Xi Jinping ha llegado a Washington en un contexto enrarecido: poco después de que las empresas estadounidenses de la IA secundasen el llamamiento de Dario Amodei para ralentizar el desarrollo de estas tecnologías, frente al empeño de Donald Trump en justificar su oposición con la urgencia de derrotar a China en esa carrera. Toda pompa será un puro fingimiento.

Donald Trump y Xi Jinping
La tregua en la escalada recíproca de aranceles sellada el pasado octubre de 2025 llega a su fin y ya se conoce el primer – magro – resultado: dos meses de prórroga. Que, no por casualidad, permite a Trump atravesar la barrera de las elecciones de medio mandato en noviembre y a Xi, unos días antes, superar el pleno del comité central del partido comunusta, en el que se espera alguna purga.
Con o sin prórrioga, toca renegociar el auténtico hueso duro de roer. Las dentelladas que cada bando ha dado en estos últimos meses dan muestra del antagonismo. Pese a que se acordó que China levantaría las restricciones a la exportación de tierras raras – una baza decisiva del gigante asiático – algunas compañías estadounidenses se han quejado de su incumplimiento. Asimismo, las prometidas compras de productos agrarios habrían sido menos de lo convenido. Y del compromiso – en mayo – de compra de 200 aviones a Boeing no se ha vuelto a hablar. Hay motivos para ser escéptico ante los gestos.
La realidad es que Estados Unidos ha prohibido la compra de nuevos productos tecnológicos que procedan de China, entre ellos los routers y los robots humanoides e incorporado a su lista negra a compañías chinas a las que acusa de vínculos con el estamento militar de su país. En el ámbito de la IA, uno de los grandes reproches de Washington ha sido que las compañías chinas incurren en la llamada destilación de conocimiento, para integrar capacidades de los modelos estadounidenses en los propios.
Sin embargo, aún no ha llegado la sangre al río. Al menos, más allá del bloqueo a la exportación de los chips más avanzados de Nvidia a China, una restricción que viene de largo. A esta fecha parece claro es que el gobierno federal se ha autoimpuesto la misión de ganar la batalla de la IA, signifique esto lo que signifique en un impreciso futuro. Así lo han manifestado el presidente Trump y algunos de los miembros de su gabinete.
Quien se ha mostrado más categórico ha sido Scott Bessent, secretario del Tesoro: China – ha dicho “nunca podrá ponerse por delante” de Estados Unidos en IA. En la misma frase acusaba a las compañías de su oponente de “robar y copiar” (literalmente). Es sangrante que haya sido Bessen, precisamente, el encargado de reunirse con He Lifeng, viceprimer ministro de China, cinco días antes de la reunión en la cumbre, con el objetivo de “buscar puntos en común”.
No cabe duda de que el encuentro es incómodo para las dos partes. Aun así, el diálogo parece propicio para un acercamiento de posturas en torno a un aspecto fundamental, la seguridad de la IA, que preocupa a ambos. De ahí que Bessent y He hablaran de la creación de un sistema de notificaciones – pongamos que un teléfono rojo – que permita alertarse recíprocamente sobre incidencias relevantes de seguridad nacional vinculadas a la IA.
Bessent y He, de quien no hay que olvidar que tiene a su cargo supervisar el desarrollo industrial chino – ahí es nada – habrían bosquejado un mecanismo destinado a garantizar que los dos países tienen “una visión compartida” de los objetivos de la IA, así como de sus riesgos. Este amago retórico de colaboración no esconde que la disensión alcance por momentos un tono agrio.
Los informes publicados por OpenAI o Anthropic reconociendo que agentes a sus órdenes han penetrado en sistemas comerciales, no sólo han avivado los temores sobre sus modelos. En el gobierno estadounidense preocupa como señal del potencial de la IA para incrementar las capacidades de ciberataque chinas, tanto en la guerra híbrida que libran sin disimulo como en una eventual escalada militar (Taiwán está siempre en la agenda].
La política de contención contra la IA china no es una obsesión de la actual administración: ya lo fue en la de Joe Biden, quien aprobó los controles de exportación de chips de Nvidia, que Trump ha profundizado luego, en ocasiones contra el parecer del fabricante. En este momento delicado, el temor se ha desplazado hacia la destilación de conocimiento, práctica – no siempre fraudulenta – en la que un modelo se entrena imitando las capacidades de otro más grande, más complejo y… ajeno.
Un informe conjunto de la NSA, el FBI y la CISA (Cybersecurity and Infrastructure Security Agency) ha denunciado que seis empresas chinas de IA habrían extraído, mediante destilación miles de millones de tokens a través de intercambios y peticiones a modelos estadounidenses más avanzados (variantes de Claude, GPT, Gemini y Grok) desde finales de 2024. Las compañías señaladas fueron DeepSeek, Moonshot AI, Alibaba, MiniMax, StepFun and Z.ai.
Anthropic ha estado muy activa en sus acusaciones a las empresas chinas. Reveló que entre mayo y julio solo Alibaba ejecutó más de 151 millones de consultas a Claude. Durante esos meseMoonshot y DeepSeek tuvieron decenas de millones de intercambios con modelos de la startup [si todavía puede llamarse así]. Por su parte, Pekín ha rechazado ritualmente las críticas y replicado acusando a Washington de intentar eliminar la competencia, lo que tampoco sería una primicia.
En la propuesta de ralentización de la IA que publicó Dario Amodei, We Must Pace the Frontier , cuando la polémica por la seguridad de la IA hirvió con las declaraciones de su exempleado Jacob Coxon, había varios puntos críticos. Pedía una regulación específica para la IA – lo que ha sido interpretado como una maniobra de captura regulatoria – así como auditorías externas a los modelos más avanzados y acuerdos multilaterales de no acelerar el desarrollo de la IA. En su manifiesto, Amodei mencionaba repetidas veces a China y ahondaba en la necesidad de frenar a las empresas de este país para evitar sus abusos.
Inmediatamente, el gobierno de Pekín asumió una postura escéptica: calificó el llamamiento de las empresas estadounidenses —Amodei obtuvo el respaldo de Sam Altman (OpenAI), Demis Hassabis (Google), e incluso Elon Musk (xAI) como alarmista e infundado. La tesis china es que la propuesta de desaceleración de la IA sólo busca proteger la hegemonía tecnológica de Estados Unidos y limitar el desarrollo de China.
Lejos de los debates sobre los peligros de una super inteligencia artificial desbocada, que han entretenido a los medios durante varios días, el gobierno y una plétora de empresa chinas se han dedicado a organizar el desarrollo de una IA propia . Institucionalmente, la Comisión Nacional de Desarrollo y Reforma, responsable de la planificación económica y social, impulsa un plan de distribución de la capacidad de cómputo con el fin de transformar áreas productivas clave, como el sector fabril, la robótica o la infraestructura urbana.
La fórmula que las empresas chinas han encontrado para salvar su escasez de cómputo – que deriva del veto a los chips de Nvidia y la ausencia hasta ahora de una alternativa china digna de ese nombre – consiste en desarrollar modelos de pesos abiertos en los que el código original y los datos de entrenamiento permanecen ocultos, los valores numéricos de las conexiones neuronales que representan el conocimiento y el aprendizaje del sistema están disponibles. Así las empresas aprovechan la colaboración de la comunidad de desarrolladores para mejorar sus productos, que también se habrían aprovechado de la destilación de modelos. En todo caso, el gobierno chino se ha valido de la filosofía de fondo de estos desarrollos para avanzar como contracorriente de lo que se pregona en Silicon Valley. Los ha pintado como una alternativa accesible frente a los modelos cerrados estadounidenses y los exhibe como una proyección en el Sur Global. Esta voluntad choca, evidentemente, con los postulados de cualquiera que sugiera una ralentización.
El debate acerca de echar el freno a la IA ha estallado de tal manera en la escena internacional que tanto Amodei como Altman han sido requeridos por el Consejo de Seguridad de la ONU, que sesiona estos días en Nueva York, para informar sobre el estado de la cuestión. Su postura no la comparte la Casa Blanca, que sostiene que tal parada lastraría la competitividad estadounidense.
La administración Trump ha seguido una política errática, pasado sucesivamente de proponer una amplia desregulación a la colaboración con las empresas punteras, el establecimiento de un marco voluntario y así hasta sugerir la prohibición de Fable 5 (Anthropic) mediante un control de exportaciones.
El fundador de Nvidia, Jensen Huang, será invitado especial en la cena de estado en honor de Xi, a la que asistirán Sam Altman y Amodei y la crême de la crême de la industria. Xi no traerá un séquito equivalente: no le ha acompañado en el viaje ni un solo empresario de la IA, diz que para evitarles una situación incómoda. Venga ya.
Como previa al encuentro, a Trump se le ha ocurrido lanzar una burda proposición nominal: cambiar el nombre de inteligencia artificial por el de superinteligencia y la sigla AI por SI, lo que ha descolocado a todos a su alrededor. También ha hecho correr la voz de que pronto nombrará un responsable gubernamental de alto nivel a cargo de esa competencia y que creará una AI Force para monitorizar el rumbo de los nuevos desarrollos.
Aunque la creación de una AI Force – si fuera creíble – podría verse como un mecanismo de estímulo, no deja de ser un precipitado cuando se espera la visita del primer adversario. Mientras la Casa Blanca ha lanzado a los vientos la idea de una Pax Silica (sic) de nula representatividad, China ha optado por una conferencia multilateral para promover la IA entre los países del Gran Sud. No hay mucho lugar a pensar que de esta cumbre entre las dos potencias pueda salir nada concluyente: a todas luces resulta evidente que a ninguno de los dos le interesa compartir el viaje del otro.
[informe de Pablo G. Bejerano]