7/02/2014

7Feb

No le faltan motivos a Microsoft para indignarse por el acuerdo a que han llegado Google y el equipo de Joaquín Almunia. El tratamiento que ha recibido Google es condescendiente, si se compara con el aplicado a Microsoft en tres expedientes que acabaron en sanciones pecuniarias por 1.957 millones de euros en total; a Google, en cambio se le dieron avisos sucesivos para al final llegar a un acuerdo «voluntario» cuya eficacia es discutible. No es menos cierto que mientras Steve Ballmer instruyó a sus abogados para ir a la confrontación, Eric Schmidt supo pactar, o hacer como que pactaba. Me consta que Almunia no es un perro de presa como Neelie Kroes [conocida por el mote de Steelie Neelie], que sacó adelante los expedientes contra Microsoft.

El compromiso alcanzado es benigno para Google, como lo fue el que a comienzos de enero cerró el caso abierto por la Federal Trade Commission (FTC) de Estados Unidos: cambios cosméticos en la presentación de resultados de búsqueda, sin penalización, sin admisión de malas prácticas y sin modificación del algoritmo, que es la salsa secreta del negocio. Durante el procedimiento, se insinuó que Almunia demoraba la conclusión del expediente dando a Google sucesivos plazos, en espera de que acabara el de Washington. Ahí queda la sospecha de que si la FTC hubiera sancionado a la empresa, tal vez la CE no hubiera cerrado el caso de la misma manera, y de que – como en tantos otros asuntos – se ha querido evitar un enfrentamiento entre Bruselas y Washington.

Como los lectores seguramente saben, el litigio se origina en 2010, por iniciativa de varios sitios web [que al efecto hicieron piña con Microsoft] denunciantes de lo que entendían como preferencia de Google al dirigir las búsquedas – y por tanto los clics – hacia su propio motor, rezagando deliberadamente las alternativas para impedirles competir en la captación de publicidad. Los servicios de la CE dicen no haber encontrado rastros de manipulación, por lo que se conformaron con obtener un remiendo que no satisface a los denunciantes pero contenta a la denunciada.

Ese remedio consiste en abrir una ventana en la página de resultados para tres buscadores ajenos, que deberán ser «comparables y claramente visibles». Los denunciantes, a través del consorcio ICOMP sugieren que Almunia ha sido engañado por Google. Por su lado, un portavoz del comisario ha hecho saber que ha preferido aceptar las concesiones – que en diciembre calificaba de inaceptables – porque forzar una sanción «hubiera prolongado el conflicto durante años sin ningún efecto inmediato».

Lo que irrita a los denunciantes es que, a cambio del derecho a exponer sus resultados en la página de Google, deberán pagar por el espacio que ocupen, a precio de subasta. Debe ser la primera vez que un proceso por presunta infracción a la competencia se salda concediendo a la empresa denunciada un flujo de ingresos nuevos, pero no hay duda de que es un reflejo de la naturaleza de este peculiar mercado, inventado y explotado por Google sin que nadie acierte a hacerle sombra.

Los buscadores, como otros fenómenos online, son propicios a la formación de monopolios. Apple ha sido investigada por la FTC y ahora se cuestionan sus prácticas comerciales en la AppStore. Eventualmente podría ocurrir con Facebook, según cómo actúe para monetizar su dominio del negocio que generan las redes sociales. Llevando la hipótesis al extremo, ¿veremos algún día a Google actuar como denunciante de abusos ajenos?


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