12/03/2015

12Mar

Estamos naturalmente inclinados a ver el mundo exterior a través de una ventana definida por el euro, nuestra moneda de referencia. Nos habíamos habituado a que los movimientos cambiarios fueran leves o inexistentes. Pero el sector en el que muchos de mis lectores – y yo mismo – nos movemos, tiende a pensar en dólares: en los últimos días, un par de directivos me han confiado que sus matrices en Estados Unidos les bombardean con peticiones para reformular sus previsiones en función de una más que posible paridad 1:1 entre el dólar y el euro.

Me he informado al respecto. El martes 10, el índice del dólar con respecto a una cesta de seis divisas principales, alcanzaba su nivel máximo desde el 2004: 98,687 [hace exactamente un año, era de 79,768]. Fijémonos sólo en el euro: ha perdido un 13,1% de valor contra el dólar desde el primer día del año, cerrando a 1,07 y, por tanto, muy lejos del tipo de cambio que solíamos tener en la cabeza cuando viajábamos o cuando comprábamos algún producto online. Importar es más caro y exportar es más rentable, sería el resumen.

Un aspecto llamativo del último lanzamiento de Apple es que el Watch se venderá en Alemania y Francia – los únicos países de la eurozona en la lista inicial – a 399 euros en la versión básica, cuando en Estados Unidos el precio anunciado será de 349 dólares. Se invierte así la práctica – aplicada por la misma compañía – de fijar el mismo precio nominal en ambas monedas, beneficiándose así de la diferencia cambiaria.

Un análisis del Deutsche Bank da por cierta la paridad entre el dólar y el euro este año, y se atreve a pronosticar un descenso de hasta 0,90 euros por dólar en 2016 y 0,85 en 2017. De manera que no es una coyuntura pasajera, por lo que habrá que echar muchas cuentas. Los efectos varían según las circunstancias de cada uno, de cuánto exportan y cuánto importan y dónde venden.

Empresas que producen en Europa y venden en dólares [y que hace meses se quejaban de la apreciación del euro] se frotan las manos por el beneficio adicional que les espera: es el caso de Volkswagen o BMW, cuyos costes se pagan mayoritariamente en euros y reciben dólares por una parte significativa de sus ventas. Los analistas de Alphavalue estiman [a saber cómo] que, para una muestra de 302 acciones europeas, «cada 0,2 de descenso del euro frente al dólar equivaldría a un 5% de aumento en sus beneficios operativos.

A la inversa, las consecuencias para las compañías americanas dependen del porcentaje de negocio internacional. Por ejemplo, Google –que capta el 56% de sus ingresos fuera de Estados Unidos – ya se vio afectada en 541 millones de dólares al cierre de su cuarto trimestre, un aspecto que explica por qué su cotización flaquea últimamente. Para muchas compañías de EEUU – Cisco o Microsoft, por citar dos ejemplos – que en los últimos años han aparcado beneficios en Europa para no soportar el coste fiscal de repatriarlos, la maniobra se ha invertido.

Ahora podemos ver en toda su dimensión el resultado de la divergencia de políticas monetarias a ambos lados del Atlántico, provocada por el empecinamiento alemán en rechazar los estímulos monetarios al crecimiento. El euro ha alcanzado su punto más bajo precisamente la misma semana en la que el BCE ha empezado a desembolsar los fondos de los que se espera – vagamente – que cumplan ese rol.

Mientras tanto, la Reserva Federal de EEUU ha dado por acabado su quantitative easing y empieza a considerar una gradual subida de su tipo de interés. Aunque no lo dijera así, un objetivo de Mario Draghi ha consistido en propiciar una bajada del euro para introducir en la eurozona una dosis de inflación que ayuda a despejar los temores de deflación [una lección de la experiencia japonesa]. El guiño a Alemania parece evidente: para un país amante de la fortaleza de su moneda, se presenta la ocasión de incrementar sus exportaciones.

Un analista de Bank of America Merrill Lynch apuntaba ayer que más que el tipo de cambio, lo sorprendente es que la apreciación del dólar ha sido la más rápida en 40 años. Vista desde Europa, la situación es tanto más inusual cuanto que por primera vez coinciden tres factores: un dólar fuerte, un petróleo barato y un endeudamiento a bajo coste. Doy por seguro que no será la última referencia de este newsletter al asunto.


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