22/08/2014

Sueños y pesadillas en un ciberparaíso

Sony aún no la ha presentado, pero desde ya puede definirse como la idea más estrambótica de los últimos años. La smart wig, o peluca inteligente – ¿por qué no tecnotupé? – vibra al recibir un correo electrónico. Sólo falta una dosis de imaginación para confiar en que un día llegará a formar parte de la Informática Empática pregonada por un estudio de Sogeti: un enfoque modelado por una doctrina transhumanista que promete una vida más sencilla, en la que las personas tendrán «superpoderes» conferidos por la tecnología. No es ni más ni menos verosímil que otras noticias reproducidas por la prensa de calidad que, gracias a cosas así, confía en conquistar a la esquiva audiencia de nativos digitales.

En verdad, el estudio no merece el injusto sarcasmo del párrafo anterior. Empathic Things: Intimate Computing from Wearables to Biohacking 2014, elaborado por el laboratorio VINT de la compañía Sogeti – más conocida por sus herramientas de testing de software – entiende la tecnología como una ayuda a las limitaciones humanas, con lo que la Informática Empática estaría en sintonia con lo que Google denomina Humanidad Aumentada, un universo en el que todo puede/podría reducirse a las interacciones Hombre-Máquina (H2M), Máquina-Máquina (M2M) y/o Máquina-Hombre (M2H). O con los avances del ordenador Watson, de IBM.

De modo que no basta con que las «cosas» sean inteligentes: lo que se pretende es que sean empáticas, capaces de hacer suyas las individualidades de los usuarios para anticiparse a sus necesidades. Se desconoce si también podrán hacerse amigas.

Desde tiempos inmemoriales, la interacción hombre-máquina forma parte del imaginario humano. A finales del siglo XX comenzó a hablarse de la incorporación de las «cosas» a Internet, pero serían necesarios más años para empezar a vislumbrar la realidad de esa visión. Por otra parte, el mundo ha cambiado radicalmente desde el 2000: redes sociales, plataformas móviles, innumerables apps, herramientas de análisis avanzadas, big data, cloud computing… todo ello agrupado en el estudio bajo la sigla SMAC (Social-Mobile-Analytics-Cloud), y así hasta la próxima frontera, las Things, con las que la sigla se estira hasta trabar la lengua: SMACT.

Pero… la inteligencia es insuficiente si no es al mismo tiempo emocional, predican algunos refritos seudopsicológicos en boga. El siguiente paso no es que las cosas sean más inteligentes sino conseguir que sean a la vez empáticas, capaces de establecer una relación emocional con aquellos a quienes se supone han de servir, las personas.

El modelo teórico que trata de perfilar el laboratorio VINT, de Sogeti, requiere una definición previa, que asume como hipótesis: «vemos la empatía como un acto cognitivo que implica percibir la forma de pensar, afecto, intención y actividad del usuario para proporcionarle una respuesta adecuada […] Un sistema de informática empática es inteligencia ambiental, consistente en una red de sensores, microprocesadores y software ubicuos e integrados armónicamente, que son capaces de percibir y predecir los patrones de comportamiento del usuario».

O sea que el objetivo ya no es mostrar la información correcta, sino empatizar con cada individuo y conocer sus intenciones, supuestamente para ayudarlo; en el fondo, asegurarse de su fidelidad a una marca. El estudio aporta otras ideas interesantes sobre las nuevas formas de conectarse a Internet mediante el cuerpo. Sólo entonces, el hombre habrá ocupado el centro de la escena tecnológica.

Las relaciones cliente/empresa y empresa/empleado sufrirán cambios trascendentales. Puestos a especular, los autores se arrancan con algo llamado physiolytics (sic) que nace de vincular los dispositivos portátiles y el uso de wearables en el lugar de trabajo, con el análisis de los datos para mejorar el rendimiento. Por ejemplo, será posible analizar la ubicación exacta de los vendedores en una tienda y cruzarla con los datos de ventas, con lo que supuestamente van a mejorar las operaciones.

Con el mismo enfoque, la interacción de las empresas con los clientes se transformará, gracias a que la tecnología posibilita la comprensión de la mentalidad individual de cada uno. Se generará así un/otro nuevo tipo de marketing, basado en los servicios y el análisis masivo de los datos será el soporte de una mercadotecnia personalizada: junto a los parámetros tradicionales de precio, lugar y promoción, habrá que tomar en cuenta el contexto, entendido como la situación personal y la forma de pensar del cliente. Los objetos se convertirán en competidores del individuo, lo que tendrá efectos sobre el mercado de trabajo.

Los sectores médico y de seguridad pilotarán la adopción de estas tecnologías. Los nanobots (microestructturas formadas por átomos que se introducen en el cuerpo para dar información y corregir ciertas patologías) están en el futuro de la medicina. Los primeros voluntarios en la implantación de dispositivos en el cuerpo serán (lo son ya, aunque caricaturizados) los biohackers, pero las aplicaciones comerciales tardarán en aparecer.

Una lectura del informe deja claro que los sistemas empáticos tranformarán a los individuos en «personas-nube», una fusión que puede estar menos lejos de lo que parece, por el advenimiento de una red flexible, escalable e invisible, controlada mediante interfaces naturales en contacto con los sentidos. Algoritmos autodidactas aumentarán la autonomía de la red para anticipar ´proactivamente` las intenciones y las emociones de las personas, convertidas en un componente de ´la nube`.

Los autores clasifican las posibilidades de conexión a Internet según seis categorías y en función del tipo de datos que emiten: wearables (adjuntas a la piel, proporcionan una visión de los datos corporales); augmentables (complementan los sentidos con datos procedentes del entorno del usuario); surroundables (combinan datos del cuerpo humano con información externa); enchantables (objetos cotidianos equipados con tecnología inteligente); biohackables (implantes bajo la piel para ´mejorar el desarrollo humano` y, último, swallowables (que facultan al cuerpo como un identificador digital). Estos dos últimos tienen todas las papeletas para convertirse en killer apps a medio plazo.

Cada categoría tiene sus posibilidades y sus dinámicas. Además, la combinación de dos o más creará nuevas e interesantes posibilidades. Por ejemplo, la solución Nismo,de Nissan, está compuesta por una pulsera que detecta el ritmo cardíaco y funciona en combinación con otro dispositivo incorporado al coche, con capacidad para medir la atención del conductor a distintas velocidades, para aconsejarle que modifique su conducta.

Menno Van Doorn, director del Instituto de Innovacion de Sogeti VINT, y coautor del informe, es un tipo realista. Asevera: «veremos muchos gadgets que aparecerán y desaparecerán; habrá un gran número de lanzamientos fallidos […] pero el potencial tecnológico, el atractivo social y la viabilidad económica serán determinantes para decidir si las tecnologías íntimas y personales van a integrarse en nuestro universo cotidiano». Pero Van Doorn añade que «las innovaciones sostenibles serán aquellas que apoyen las cadenas de valor de la vida real, del día a día de necesidades humanas y de negocio».

Aunque pueda parecer un ritual para guardar las formas, los autores avisan de la necesidad de cuidar la privacidad de los usuarios. Sería estupendo que los sistemas empáticos hagan más sencilla la vida, pero podrían ser peligrosos si supieran demasiado. Por esto, una de las recomendaciones finales de Sogeti apunta la necesidad de plantearse cuál es el grado de intimidad que los clientes quieren reservar para sí, y que las empresas han de respetar para ganar su confianza.

Dicho al modo de Sogeti, cada usuario deberá situarse en alguna de las siguientes escalas. 1) capacidad empática con repercusión negativa; 2) seguridad y privacidad contra menos intimidad; 3) autonomía-control para vivir en libertad total y 4) inteligencia-confusión frente a sobrecarga de información. No está claro, qué pena, que el usuario tenga capacidad real de elegir entre ellas.

[informe de Justino Portela]


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