15/01/2021

Pat Gelsinger vuelve a Intel como solución

Cuarenta y dos años después de su primer trabajo en Intel y pasados doce años de su marcha descontento con el CEO de entonces, Pat Gelsinger (59) regresa a la compañía con la misión de recuperar el antiguo esplendor. Varias veces su nombre ha sonado como candidato al máximo nivel ejecutivo, pero prefirió seguir al frente de VMware, compañía cuyos ingresos ha triplicado en ocho años. El consejo, tras acordar la destitución de Bob Swan, decidió confiar en Gelsiner para una etapa crítica. No les preocupa tanto la salud financiera de la compañía – los resultados se conocerán el día 21 – cuanto el retraso persistente de la hoja de ruta y la necesidad de reconversión de su modelo industrial.

Pat Gelsininger

Para entender esta noticia conviene recordar que Bob Swan pasó sin quererlo de CFO a CEO interino en junio de 2018, al ser destituido Brain Krzanich con una excusa idiota; fue ratificado siete meses después a falta de mejor solución. A pesar de una personalidad afable y hasta tímida, sobre Swan ha pesado un prejuicio corporativista: ¿puede alguien que no es ingeniero dirigir una empresa que emplea a 70.000 ingenieros?

Este debate se dobla en otro, sobre un tabú en las filas de la compañía, la última del sector que sigue aferrada al dogma de la fabricación integrada. Al parecer, Swan se ha resistido a acelerar la externalización, puede que reflejando la desconfianza de la plantilla, lo que ha sido la razón aparente – un otra excusa, nunca se sabe – para que un inversor ´activista` pidiera su cabeza y la consiguiera.

Otro de los problemas es el vacío de una línea interna de sucesión. Si el CEO tiene que ser ingeniero, los más prominentes han ido desertando, ya sea por haber fracasado en la solución de los problemas o bien tentados por la competencia, dejando paso a un plantel de alta calidad técnica [Raja Koduri, Keryan Esfatjani, Josh Walden] del que difícilmente pudiera salir CEO fiable. Por tanto, el consenso de los consejeros se ha volcado en favor de Gelsinger, de quien todavía se recuerda que entre 2000 y 2005 fue el CTO de la compañía en una época brillante.

El debate sobre la externalización parece zanjado, aunque sin hacer ruido. Sería temerario afirmar que Gelsinger fuera partidario de la fórmula, pero tantos años dedicado al software habrán cambiado su pensamiento. Aparte, conoce bien el apego a las ventajas que la compañía obtiene de la  integración plena de sus procesos de diseño y producción de chips. En todo caso, se convertirá oficialmente en CEO el próximo 15 de febrero.

En cuanto a Swan, cuando su salida ya estaba en el ambiente, convocó una mesa redonda online con seis periodistas, en la que reconoció la oportunidad estratégica de no limitarse a las propias capacidades tecnológicas y por tanto, la posibilidad de recurrir a fuerzas externas. “El ecosistema de esta industria – dijo – ha evolucionado muchísimo en los diez últimos años, de manera que debería permitir que Intel capitalice la innovación ajena sin sacrificar la propia […] ¿Veo un escenario en el que podríamos licenciar tecnologías ajeas para incorporarlas a nuestros procesos? No voy a decir que sea imposible”.

Curiosamente, en la misma reunión señaló que la dinámica del mercado es “extremadamente favorable” para la posición de Intel. Se refería, claro está, al auge de la digitalización durante y después de la pandemia, obviando los problemas que aquejan a la compañía y que apenas se han notado en la cuota de mercado.

El todavía CEO aprovechó la cita de escasos 30 minutos para dejar tres mensajes: 1) Intel entra en 2021 habiendo añadido 20.000 millones de dólares de ingresos en los últimos cinco años [nota: él ingresó a la compañía en 2016] y doblado su capacidad durante los dos últimos, 2) Intel deberá mantener intacta su capacidad de escalar los recursos de fabricación que le garantizan agilidad para satisfacer la demanda y 3) subsidiariamente ha de estar dispuesta a recurrir a capacidades de terceros, aunque a condición de recibir trato preferente y sin que signifique renunciar a los márgenes propios de la integración vertical.

La alusión al ecosistema de la industria resulta llamativa. Gracias a la integración de sus procesos, Intel goza de una ventaja económica sobre sus competidores en aquellos mercados donde opera, no así en la actividad de ´fundición` de semiconductores, donde la situación se ha vuelto en su contra precisamente por preservar la integración.

Para TSMC, Apple es el cliente insoslayable en el desarrollo de chips de 5 nanómetros, con un diseño basado en la arquitectura ARM. AMD y Qualcomm absorben las mayores cuotas de capacidad instalada en 7 nm (sobre todo desde que Huawei quedó forzosamente descolgada), de modo que la capacidad ociosa del fabricante taiwanés es prácticamente nula.

Por si faltaran peligros, afloran por doquier startups fundadas por ingenieros talentosos, que diseñan nuevos chips sin adherir a la arquitectura x86.  El mercado, que durante décadas pareció cerrado a más competencia que la ya existente, ha multiplicado en poco tiempo el número de actores: los procesadores genéricos de computación CPU, están dejando paso a otros diseñados con propósito específico, ya sea para aplicaciones gráficas  (GPU) o de inteligencia artificial. Sólo recientemente Intel ha dado un giro en esa dirección al adoptar la iniciativa XPU.

Volviendo a la externalización: TSMC admite que temporalmente tendría limitaciones para alcanzar el nivel que debería exigir un contrato de outsourcing con Intel. La otra opción, llegado el caso, podría ser Samsung, que tampoco anda sobrada de capacidad y necesitaría tiempo para su propia transición. Eso sí, con cualquiera de estos dos como contratista, Intel podría aliviar la sobrecarga de su fuerza de I+D para saltarse una generación y equiparar a sus competidores (y a TSMC) dentro de dos años.

En los últimos tiempos, Intel ha experimentado serios problemas para cumplir su propia hoja de ruta en el desarrollo de procesos de 10 nm y 7 nm que, a su vez, han dañado su competitividad y abierto la puerta a una ofensiva de AMD, muy crecida y dispuesta a aprovechar la oportunidad en los mercados de portátiles y servidores. Por otro lado, Intel no sólo ha perdido a Apple como cliente sino que podría sufrir una brecha para que por ella penetren los procesadores ARM. .

Los analistas de TrendForce consideran que la externalización – en una u otra modalidad, desde SoIC a chiplets – liberaría energías de Intel para mantener internamente la producción de los chips con mejores márgenes y al mismo tiempo dedicar más capex a su I+D. Curiosamente, para que Intel alcance el nivel alcanzado de su eterno rival AMD, la mejor fórmula sería usar el mismo suministrador, TSMC.

Por todo esto, el retorno de Gelsinger a Intel, además de ser la culminación deseada de su carrera, conlleva dos cargas pesadas: ejecutar la estrategia existente – con o sin outsourcing – a la vez que continuar la transformación: de haber vivido décadas centrada en sus CPU pasar a ser una compañía de arquitectura XPU.

Quien ahora tiene un problema es VMware, que pierde su timonel de los últimos ocho años en un momento fértil pero inquietante, que merece análisis aparte. Entretanto, tómese como una casualidad estadística, pero en las 24 horas siguientes al fichaje de Gelsinger la acción de Intel subió un 7% mientras la de VMware bajaba un 7%.


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