24/10/2018

Las cámaras fotográficas buscan lo superlativo

Las cámaras fotográficas fueron las primeras en sufrir el síndrome que aquejaría a los PC y – a menos que 5G lo remedie –  pasará también a los smartphones: llega un momento en que la innovación se estanca o no basta para renovar la base instalada al ritmo que necesitan los fabricantes. Son casos distintos, pero el parangón vale para explicar por qué las nuevas cámaras no atraen a los usuarios experimentados ni captan a las nuevas generaciones. Ha vuelto a observarse en la feria Photokina, cuya edición 2018 se celebró a finales de septiembre en la ciudad alemana de Colonia. Las novedades fueron pocas pero representativas de la tendencia de la industria; falta ver si  lo son de la demanda.

Las cámaras de última generación se inclinan por ofrecer unas imágenes superlativas para lo que utilizan sensores de hasta 100 millones de pixeles, de formato completo y ahora con visor electrónico, sin espejo, junto con ópticas muy luminosas. Con estos atributos buscan satisfacer a los fotógrafos más entusiastas, pero tienen el grave problema del precio: un cuerpo con un objetivo decente no baja de los 3.000 euros.

Queda la duda de si van a ocupar un espacio menor dentro del mercado de nicho que siempre ha sido la fotografía, o contribuirán a frenar (o lo contrario) el declive de las ventas de aparatos de objetivo intercambiable. Por otra parte, es bien sabido que los fabricantes han alterado sus prioridades, por cuanto los smartphones han destruido el mercado de las cámaras compactas. El precio de sus modelos recientes no afectará al comprador medio de cámaras réflex de gama baja o media, pero mejorará sus márgenes, el quid de la cuestión.

En 2017, la venta global de cámaras digitales con objetivos intercambiables osciló en torno al millón de unidades mensuales, cantidad similar a la del año anterior. Pues bien, durante los ocho primeros meses del corriente año, las ventas mensuales han sido el 30% inferiores a las de los anteriores. Esto ha obligado a los fabricantes a reaccionar con una estrategia simple: presentar cámaras réflex para aficionados con sensor de formato completo, de 24×36 mm y sin espejo. Como es natural, la imagen obtenida es mejor y la cámara es más cara, con lo que la industria protege sus márgenes. Photokina ha sido este año escenario propicio, pero Nikon y Canon se anticiparon varias semanas.

Para reforzar la sensación de novedad, las nuevas réflex full frame llevan un visor digital (pantalla OLED, por supuesto) en vez del visor óptico de toda la vida con el que se veía la imagen a través de un espejo. Como ahora no llevan espejo, se las conoce como Mirrorless Full Frame Digital Camera, formando así una nueva categoría.

Hace un año, Sony sacó pecho e inició la tendencia de las cámaras de formato completo sin espejo y con objetivos intercambiables [tiene a su favor el ser el primer fabricante mundial de sensores], a la que ahora se apuntan Nikon y Canon con cámaras y objetivos completamente nuevos. Las tres compartieron protagonismo en la feria: Canon con su EOS R, Nikon con su Z6 y Sony con la A7 III. Sus características son similares y el precio oscila entre 2.300 y 2.500 euros (sólo el cuerpo). Hay que añadir la de gama superior – Nikon Z7 y Sony A7R III – que suben el listón hasta 3.500 / 3.700 euros, que con un mínimo de 600 euros por objetivo llevan el precio a la estratósfera. Panasonic se ha apuntado a la fiesta, anunciando – pero no presentando – la cámara S1R para principios de 2019.

La discusión entre los asistentes a Colonia no es concluyente. ¿Se pasarán los aficionados a la fotografía al formato completo sin espejo o seguirán disparando con cuerpos dotados de sensores más pequeños? La oferta que pudo verse en Photokina es muy numerosa. Entre otras novedades, destacan la X-T3 de Fujifilm, la Alpha 6500 de Sony, la Lumix G9 de Panasonic y la Olympus Mark II, con lo que el duopolio Nikon-Canon sale perdiendo. Pero, atención, tampoco son baratas, porque los nuevos cuerpos cuestan entre 1.500 y 1.700 euros.

Para entender por qué la industria hace estos movimientos, es forzoso hacer un recorrido histórico. Algún lector recordará que,  cuando aparecieron en el mercado las primeras réflex con objetivos intercambiables – hace más de veinte años, por tanto no todos pueden recordarlo – los fabricantes optaron por reducir sensiblemente el tamaño del sensor con respecto a los negativos de carrete (35 mm) vigentes hasta entonces, con fotogramas de 24×36 mm o formato completo.

Se impuso el sensor APS-C, que es un 60% más pequeño que el full frame, reservado sólo para las cámaras muy profesionales, en las que el precio es un factor secundario. Años después, Olympus y Panasonic impulsaron el sistema ´cuatro tercios` con sensor aún más pequeño pero manteniendo la distancia focal.

Con estos sensores de tamaño reducido, pero mucho más grandes que los empleados en las compactas o en los smartphones, la industria logró fabricar cámaras digitales de objetivos intercambiables a precio moderado (entre 400 y 1.000 euros con óptica sencilla incluida) suficientes para dar satisfacción a los aficionados, hasta el punto de que sustituyeron muy pronto a las réflex de carrete.  En estos veinte años, la oferta se estiró con la aparición de múltiples marcas y modelos, complementados con una gran variedad de objetivos de distintas calidades y aperturas.

Ahí alcanzó la industria su cénit, entre 2008 y 2011. Los datos históricos de venta de unidades y facturación compilados por la asociación japonesa CIPA muestran el tremendo auge de las cámaras compactas digitales; más de 100 millones de unidades anuales que caerían hasta los 10 millones de la actualidad. En el caso de los objetivos intercambiables y los sueltos, las ventas fueron planas hasta 2006 (menos de 5 millones anuales) pero se dispararon en 2012 hasta 30 millones y en los últimos dos años bajaron a 12 millones, con tendencia a seguir cayendo. En realidad, el mercado de objetivos creció más que el de cámaras, lo que ya dice mucho sobre la estructura de la industria.

En valor la situación del mercado es radicalmente diferente. La facturación de cámaras con objetivos intercambiables (sin contar los objetivos) triplica al total de las cámaras compactas. El motivo de la diferencia entre valor y volumen es obvio: el precio medio de una compacta es de 125 euros, el de una réflex de 385 euros (sin objetivo) y el de un objetivo, 150 euros. El interés de los fabricantes por vender réflex es explicable; facturan cuatro veces más que por una compacta, y además suelen venderla junto con un objetivo, que en promedio es más caro.

Ahora mismo, a los verdaderos entusiastas experimentados se les presenta el dilema que ya vivieron hace veintitantos años, cuando tuvieron que arrinconar sus réflex de carrete y pasarse a las réflex digitales. Tienen que decidir – es lo que les plantea la industria – si van a quedarse con lo que tienen y eventualmente adquirir modelos mejores de su mismo sistema [la fidelidad a la marca es una característica esencial de este mercado] o pasarse al formato completo y renovar totalmente sus objetivos, con una inversión mínima de 3.000 euros. Todo para tener un sensor del mismo tamaño que aquellas cámaras de carrete de 24×36 mm, un formato desarrollado en 1936. Aunque, eso sí, enfocando a través de una pantalla en lugar de un prisma especular.

En el otro extremo del arco, los aficionados que valoran como insustituible un buen smartphone para captar imágenes, se enfrentan a una duda no  muy diferente. Marcas  más inclinadas hacia la imagen, como Huawei – asociada con Leica – ofrecían smartphones con dos objetivos, pero ahora ya son tres y Samsung – que abandonó silenciosamente el mercado de la fotografía – promete subir la apuesta de la fotografía móvil.

Sin contar, por supuesto, con los avances que aseguran más luminosidad o los filtros y recursos digitales que ponen en su mano las marcas para diferenciar un móvil de otro y, de paso, subir el precio. Una batalla se diría que calcada de la que libran los fabricantes de cámaras.

Pasan los años y al consumidor se le plantea un problema que ya conoce: si quiere versatilidad y comodidad, un smartphone; si quiere calidad de imagen, una réflex. Entre medias, las compactas tienden al olvido: ni la industria ni los consumidores las aprecian.

[informe de Lluís Alonso]


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