14/09/2020

Gane Biden o gane Trump, ¿qué harán con China?

Faltan 50 días para las elecciones presidenciales estadounidenses. La posibilidad de que Joe Biden desaloje de la Casa Blanca a Donald Trump plantea una cuestión capital: ¿hasta qué punto una victoria del candidato demócrata podrá alterar la rivalidad entre Estados Unidos y China? O al menos el tono, tras los casi cuatro años de agresividad del presidente. La carrera electoral coincide con uno de los momentos de mayor tensión política y económica entre ambos países, una guerra comercial trufada de acusaciones de espionaje. Y a medida que se aproxime el 3 de noviembre, China será, con más razón, un tema central en los discursos de campaña. Bien, pero ¿qué consecuencias hay que esperar?

Joe Biden

Como pocas veces antes, la disyuntiva no atañe sólo a sus protagonistas. La prueba es que este lunes tendrá lugar una cumbre UE-China, que debía celebrarse en Leipzig pero será por videoconferencia. Xi Jinping, que envió como avanzadilla a su ministro de Exteriores, ya está informado de que los interlocutores no serán complacientes, no porque coincidan con Trump sino porque rechazan el avasallamiento de Hong Kong. Es un hecho que durante años los líderes europeos han aceptado que las relaciones comerciales eran más importantes que sus objeciones a la violación de los derechos humanos en China.  Esta vez, aunque sin sumarse a la hostilidad estadounidense, se proponen invertir la prioridad. Es que si no lo hicieran, mostrarían una debilidad peligrosa.

Lo que ha dado en llamarse “guerra fría tecnológica” es decisiva en las agendas. Tras cuarenta meses de presidencia errática, Trump tiene por fin una estrategia en esta materia; 1) cortar las cadenas de suministro que abastecen de componentes a la industria china, 2) vetar a las empresas chinas en sectores críticos y 3) hacer lo que esté a su alcance para reforzar la inversión estadounidense en las tecnologías clave. Serán tres hitos de continuidad en caso de seguir en la Casa Blanca, o serán tres herencias que recibirá una administración Biden. Porque, más allá de los arrebatos de Trump y su partido, los grandes supuestos ideológicos de esa estrategia están arraigados en la política de Estados Unidos y son compartidos por los demócratas.

También la estrategia de China ha cristalizado: 1) correr tan rápido como sea posible para superar su debilidad en semiconductores, 2) reordenar su propia cadena de suministros y 3) disciplinar sus recursos de contraespionaje industrial. El esfuerzo por reducir su dependencia en ciertas tecnologías críticas – entre ellas la de semiconductores – se inscribe en una política que responde a la “teoría de la circulación dual”, que puede resumirse así: tras décadas de crecimiento orientado a la exportación, la doctrina de Xi propone la autosuficiencia en todos los terrenos. Liu He, viceprimer ministro, ha sido encargado de identificar las empresas más vulnerables a las sanciones exteriores y, consecuencia, proponer medidas para financiar su reconversión mediante un esfuerzo nacional de I+D.

El resultado tangible de la intersección entre dos estrategias sería una disociación (decoupling) tecnológica entre las dos potencias. Y su  consecuencia que la innovación dejaría de beneficiarse de la polinización entre ambas economías.

Un análisis publicado recientemente por  Deutsche Bank, que lleva por título The coming Tech Wall, estima que los costes de una puja tecnológica entre estos gigantes ascenderían a 3,5 billones de dólares durante los cinco próximos años.

De proseguir el conflicto, ambas partes van a necesitar aliados. China tratará de apoyarse en los beneficiarios de su iniciativa Belt and Road y perderá interés en cortejar a los europeos. Estados Unidos – en caso de que Trump siga en la Casa Blanca – redoblará sus presiones sobre Europa, que en un asunto nada anecdótico las han obedecido al excluir a Huawei de unos despliegues de redes 5G que a priori parecían destinados a esta empresa china.

Claro está que Biden puede ganar: las encuestas le favorecen 51% contra 42% [ojo: Hillary Clinton llevaba ventaja de 47 a 42 a finales de agosto de 2016]. Aun así, le tocará destejer y volver a tejer la política exterior para que encaje en nuevas prioridades internas en la era post-Covid. Entretanto, el mensaje ´trumpiano`- China como encarnación de todos los males – ha calado en la gran parte de la población de Estados Unidos. Esto se percibe en los movimientos de ambos partidos: sus candidatos han pasado de presumir de capacidad de negociar con Xi a competir entre ellos por demostrar quién puede ser más duro contra el régimen chino.

Por tanto, no habrá ´poli bueno-poli malo`, sino ´poli malo- poli peor«. Este último papel lo borda Trump; en cambio, Biden ha cultivado cuidadosamente su trato con China. Fue uno de los primeros senadores que se entrevistaron en Pekín con Deng Xiaoping (1979) y ha mantenido  numerosos encuentros con Xi Jinping siendo vicepresidente de Obama.

En el fondo se trata de saber quién de los dos, el poli malo o el poli peor, es más capaz de restablecer una política exterior razonable hacia China. Es lógico pensar que Biden recuperaría el talante (ciertamente no la oratoria) de Obama en circunstancias muy complicadas. Tratará de asociarse con países que comparten su preocupación por la hegemonía que China quiere  arrebatar a Estados Unidos. De una administración demócrata se puede esperar mano izquierda en lugar de la vehemencia narcisista de Trump.

A nadie escapa que truncar las relaciones comerciales con China está siendo nocivo para la economía estadounidense. Un estudio de Pew Researchs  revela que el 73% de los votantes tiene una opinión desfavorable sobre China, pero también que el 51% desea que el gobierno negocie para restablecer un vínculo económico sólida con Pekín.

En el plano tecnológico, la situación es particularmente endiablada porque Trump ha pisado el acelerador de la confrontación, una inercia que Biden no podría romper de buenas a primeras. Al menos, se puede suponer que en vez de vetar empresas por su origen, Biden optaría por reforzar las regulaciones, colaborar en la definición de estándares y proteger la propiedad intelectual. En cualquier caso, tanto el demócrata como el republicano tratarían de reordenar la balanza comercial, que sigue volcada en favor de China. Gane quien gane, dedicarán fondos públicos a potenciar tecnologías sensibles para la seguridad nacional: semiconductores, inteligencia artificial y computación cuántica.

Si Joe Biden ganara las elecciones de noviembre, no podría replegarse bruscamente de la ofensiva que Trump ha lanzado contra Huawei con el apoyo de Reino Unido, Australia y otros socios menores. En cuanto a las redes sociales de propiedad china, como TikTok, Biden tendrá problemas para deshacer la madeja que le dejará Trump.

Mientras tanto, China se rearma en todos los frentes. Huawei anuncia que sus recursos de investigación en territorio norteamericano se desplazarán a Rusia. El gobierno chino añade a su catálogo de restricciones la prohibición de exportar “la tecnología de servicios de recomendación basada en el análisis de datos” [forma pedestre de la llamada inteligencia artificial]. De cara a una venta de TikTok, el eventual comprador se encontrará con que no ha adquirido lo que realmente vale en los activos de esa red social.

Por supuesto que todo puede empeorar. Pekín se guarda una carta que tiene su dosis de riesgo: la facultad de tomar represalias contra empresas estadounidenses. De momento, su ministerio de Comercio ha preparado un borrador de unreliable entities list, símil de la que Washington esgrime contra un buen número de empresas de capital chino. Aquellas que corten el suministro de sus productos [al mercado chino] “por razones no económicas, podrían verse afectadas por restricciones al comercio, sus inversiones, permisos y licencias”, advierte la prensa estatal. Que, de paso,  ha dejado caer que Apple y Qualcomm podrían figurar en una lista negra por su silencio cómplice ante las sanciones contra Huawei.

O sea: proteccionismo tecnológico de ida y vuelta. Nadie puede salir beneficiado, porque la economía digital representa más del 15% del PIB mundial y más de un tercio del generado por China. Lo que no parece preocupar a los halcones de Trump. El secretario de Estado, Mike Pompeo, predica un nuevo programa bautizado como Clean Network que, básicamente, consiste en excluir a las empresas chinas de sectores críticos como los de telecomunicaciones, software, cloud y también de los cables submarinos que forman parte de la infraestructura de Internet. Según ha dicho Pompeo, a principios de agosto el programa ya contaba con la adhesión de 30 países que no identificó.

La respuesta china ha llegado muy pronto: se llama Global Data Security Initiative y propone establecer un estándar mundial en materia tan contenciosa. Es algo que no deja de sorprender, toda vez que China no cuenta a la fecha con una legislación conocida sobre la seguridad de los datos. Pero el mensaje es evidente: mientras la iniciativa anunciada por Pompeo está dirigida exclusivamente contra China, la de esta se presenta como una oportunidad de consenso mundial.

Sobre el papel, ¿quién podría negarse al desarrollo de un conjunto de reglas internacionales que reflejen la voluntad de acabar con un problema global y respeten los intereses de todos los países? No es la primera vez que una propuesta integradora de Pekin es mal recibida aunque se presente dentro del sistema de Naciones Unidas y con la pretensión de reinventar Internet.

Volverá a ocurrir. El documento difundido por el ministerio de Relaciones Exteriores chino incluye un apartado de “soberanía cibernética” que pretende garantizar el respeto al modelo con el cada país maneje la muy delicada cuestión de los datos dentro de sus fronteras. Eso sí, en el ámbito internacional primarían los estándares que en su día se acuerden… si es que se acuerdan. Sin mencionar explícitamente a Estados Unidos, se dice que “cierto país sigue haciendo acusaciones infundadas contra otros países en nombre de una supuesta red limpia”. Allí donde Washington ve un problema de espionaje, Pekín describe una situación en la que su rival quiere coger atajos con el comodín de la seguridad.

Para mostrar la sinceridad de sus intenciones, China incorpora la negativa a que se haga “vigilancia masiva contra otros estados”, instando a fabricantes y desarrolladores a abstenerse de aquello que Estados Unidos reprocha (sin pruebas) a Huawei, la instalación de puertas traseras en sus productos y servicios “para obtener ilegalmente datos de los usuarios, controlar o manipular sistemas y dispositivos”.

Idealmente, quien gane la elección debería incorporar a un tercero, la Unión Europea. Como adelanto de la videoconferencia de hoy, el ministro chino Wang Yi ha concluido su gira por cinco países (no pasó por España) recordando a la prensa algo que en su opinión debería interesar a las tres partes: sólo en Shanghai hay más de 87.000 empresas extranjera, de las que 10.000 son europeas y 14.000 norteamericanas. Quiso dar a entender que con Trump o con Biden al frente, la (todavía) primera potencia tendrá que coexistir con el resto del mundo.


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