26/10/2026

Con Muse, Zuckerberg envida a la grande

Personaje reconocible a quien muchos admiran y muchos detestan, no abandona el primer plano. Tan pronto se le ve compadreando con Donald Trump como comunicando que Meta, la compañía de la que es amo y señor, se ha reincorporado a la fiesta de la inteligencia artificial, en la que se dice que había perdido el rumbo. Con Muse, su anuncio de  setiembre, parece haber encontrado la tecla para rentabilizar un producto masivo de IA orientado al consumo: a diferencia de los modelos que insisten en el formato de charbots con una mecánica instrucción/resultado, ha sido diseñado como un agente activo, capaz de tareas complejas y de múltiples pasos. Ahí radica gran parte de su interés.

Mark Zuckerberg

Gran parte, pero no todo, como se verá. El anuncio se presenta como otro intento de orientar la tecnología de Meta hacia las empresas, misión en la que varias veces se haquedadi en resultados erráticos (al margen del indudable appeal publicitario. En ofrecer aplicaciones que fructifiquen y cuyos costes sean controlables. Esta es una receta que se desprecia en el mercado de consumo, donde prevalece la gratuidad y, por tanto, la rentabilidad se antoja correosa. Lo contrario ocurre en el mercado empresarial.

Es un muy serio envite económico. Tal vez curándose en salud, Zuckerberg ha dicho que no ha lanzado Muse globalmente porque se trata de un servicio intensivo en computación: tiene actualmente 10 millones de usuarios en Estados Unidos y Canadá (una cuarta parte con frecuencia cotidiana) y a menos que los costes de explotación bajen muy sustancialmente, su crecimiento sería ruinoso, Naturalmente, no lo dijo así, pero como si lo hiciera: afirmó que – si otros factores se mantuvieran – los costes de computación deberían caer a un 10% de los actuales para tener la certeza de obtener beneficios.

En consecuencia, el fundador de Meta sostuvo que la prioridad durante algún tiempo será  aprovechar esa masa para perseguir la eficiencia de costes. Para que el número de usuarios alcanzara los 100 millones – expectativa sugerida durante  la conferencia con analistas – que paguen 20 dólares al mes, la familia Muse generaría ingresos por 24.000 millones anuales, cifra que parece alta hasta que uno se entera que equivale sólo al 12% del capex previsto en 2027.

¿Cómo es eso? Si el agente Muse se ejecuta sobre el modelo Muse Spark, anunciado en abril, este cuesta 1,37 dólar por tarea, según Artificial Analysis, cifra que sube a 4,52 dólares con Muse Wonder, modelo más sofisticado que, en palabras de Zuckerberg, habilita un número mayor de casos de uso.

O sea que se ha anunciado la creación de una unidad de negocio especializada en empresas [Meta Enterprise Platform], cuyo primer empeño será capitalizar en ese ámbito las capacidades de sus modelos avanzados y los agentes derivados, así como las aplicaciones que vayan a surgir. La base material de los ingresos de la compañía seguirá siendo, mientras tanto, la publicidad.

Este replanteamiento ha brotado de la división Superinteligence Labs que Zuckerberg decidió crear como traje a medida para las cualidades de Alexandr Wang, su fichaje estelar de junio de 2025, tras haberle comprado por 14.300 millones de dólares el 49% de su startup Scale AI, cuya especialidad era el etiquetado de datos para su validación por la IA. Según los observadores, este precio, ostensiblemente elevado, sólo se justificaba porque el fundador de Meta creía ver en Wang un espejo de sus años mozos.

Con Wang ha formado tandem Nat Friedman, quien fuera CEO de GitHub, adquirida por Microsoft en2018. Juntos han implementado el giro que Zuck buscaba en la desagradable ruptura con Yann LeCun, más conocido por sus dotes académicas que por el desarrollo de productos monetizables. El objetivo, por tanto, tendría que ser agresivo, habrá pensado. Porque, emparedada entre sus reorganizaciones directivas y la lentitud en cambiar de estrategia, a Meta daba señales de agotamiento. No ha sido así, sino lo contrario: Muse ha sido recibido con elogios hasta por sus adversarios.

La clave del movimiento llegó desde fuera, con la aparición del agente de código abierto OpenClaw   . Nada nuevo bajo el sol, ya que los principales desarrolladores de IA lo tomaron inmediatamente como referencia. En el caso de Meta, fue el experimentado Friedman quien más en serio se tomó el reto: pidió 200 Mac Mini, idóneos para  ejecutar OpenClaw, y los repartió entre sus subordinados para que usaran la tecnología, con la intención de desarrollar un agente propio destinado a personas que no supieran codifcar.

El nuevo agente de Meta se basa en la familia de modelos Muse Spark y su arquitectura se apoya en otro agente supervisor, Sentinel, a cargo del bloqueo de acciones de salida en caso de detectar actividad sospechosa, para evitar los riesgos de lo que se conoce como prompt injection. Además, elabora sus propios informes sobre las relaciones sociales, intereses y hábitos del usuario o su calendario, con lo que personaliza su actividad.

Para Meta, el impacto económico será vigoroso, ateniéndose a las primeras predicciones. Citigroup, por ejemplo, espera que al llegar 2030, el agente genere 27.000 millones de dólares anuales (23.000 de ellos por transacciones y 4.000 por suscripciones). Para la misma fecha, Deutsche Bank prevé ingresos de 36.000 millones de dólares a través de Muse.

La compañía ha establecido suscripciones de 20 dólares y de 100 dólares mensuales. En este último caso para la investigación en segundo plano, la coordinación de varios agentes o el procesamiento de voz y vídeo en tiempo real. Están destinadas a pequeñas empresas y comercios, que podrían utilizar integraciones avanzadas, como una API para conectar con su inventario y gestionar ventas, pero también para automatizar otros flujos de trabajo.

Aunque, una vez más, la pista central en la que jugará Muse es en el segmento del consumo. El mayor volumen de facturación se espera por transacciones, que consisten en cualquier compra, reserva o intercambio monetario que Muse ejecute en representación de un usuario. En lugar de cobrar directamente al consumidor, que podría usar Muse de forma gratuita, se extrae una comisión al comercio o al proveedor de servicios, siempre que el agente haya ayudado a completar la transacción.

Esto coloca a Muse como intermediario entre el usuario y el vendedor. Un aspecto clave que Meta tiene capacidad para explotar. Al contrario que OpenAI, que necesita que los usuarios entren directamente en su aplicación, en Instagram hay 3.000 millones de usuarios activos mensuales, de los que 500 millones entran en la aplicación cada día. El caso de WhatsApp —cuya monetización no ha sido nunca fácil para Meta— es más extremo aún: hay 2.000 millones de usuarios que entran en la app todos los días. Integrar a Muse como un chat más en el servicio de mensajería sería atractivo para muchos, como ha ensayado ya el agente Instinct AI, un servicio accesible solo por invitación y que ha causado furor gracias a su conexión con WhatsApp.

El funcionamiento de Muse —así como el de Instinct AI— en WhatsApp es muy intuitivo. En un chat con el agente se le puede pedir que compre un producto sin superar un determinado presupuesto, que busque vuelos o reserve un hotel. Para ello Meta ha necesitado la aquiescencia de plataformas como Shopify, Walmart, Expedia o OpenTable, para reservar restaurantes. Los pagos se procesan a través de Stripe Link, que utiliza tarjetas virtuales de un solo uso, o PayPal.

No todos se prestan a que Muse entre en sus páginas web y navegue a través de ellas, con la posibilidad de ejecutar compras y reservas. Amazon no tardó en bloquear el acceso de Muse a su portal. Tiene varias razones para hacerlo. Para empezar, su negocio publicitario —que facturó la friolera de 68.630 millones de dólares en 2025— se vería mermado si cada vez hay más agentes que visitan su tienda y que son inmunes a los anuncios. A esto se suma que la interfaz visual, adornada con recomendaciones de producto, está pensada para humanos, que terminan por comprar más de lo que buscaban. Algo que no ocurrirá con un agente, que ejecuta solo la compra que se le ha pedido.

Eso sí, la popularización de Muse puede salir cara si las transacciones no despegan. Para cada usuario, el agente de Meta se ejecuta en su propia máquina virtual, donde puede trabajar con código, gestionar archivos o hacer tareas recurrentes en segundo plano. Actúa en base a la lectura de código, un enfoque a priori más eficiente que el de Anthropic, cuyo agente interactúa analizando capturas de pantalla y calculando las coordinadas por píxeles para mover el ratón. Pero un despliegue masivo dispararía los costes de cómputo, pues Meta debería mantener millones de entornos virtuales simultáneamente.

Muse tampoco ha pasado exento de problemas. Poco antes del lanzamiento Meta tuvo que parchear el sistema tras detectar una ola de escapes que lograban romper la barrera de aislamiento del hipervisor KVM, con lo que el agente podría haber accedido a bases de datos internas de Meta o a entornos virtuales de otros usuarios. Ya en el mercado, se encontró una vulnerabilidad de día cero en la app de Muse parra macOS que permitía redirigir las peticiones de voz a un servidor externo controlado por un atacante, con lo que sería posible extraer archivos o ejecutar comandos en nombre del usuario.

También hay usuarios que han observado cómo el agente ha actuado con excesiva autonomía en la plataforma de segunda mano Facebook Markeplace. Negoció ventas por debajo del precio establecido y compartió direcciones privadas con compradores, todo sin autorización.

Ha sido esta siempre una de las asignaturas pendientes de Meta, la privacidad. En el caso de Muse, mapea las relaciones interpersonales de los usuarios leyendo sus correos y mensajes y almacena una enorme cantidad de información, incluso de personas que no utilizan el agente.

Todo con el fin de alcanzar un público masivo y rentabilizarlo. Un objetivo este, el de la conquista del mercado de consumo, que se ha ligado al hardware. OpenAI trabaja en su propio dispositivo de la mano de renombrado Jony Ive mientras Meta ha anunciado Muse Charm, una especie de medallón que recuerda al Tamagotchi de los años 90. Aparecerá en diciembre y estará dotado de sensor de huella dactilar para la identificación, una pequeña pantalla y, sobre todo, el agente de IA para conversar en tiempo real. La compañía también ha introducido Muse en varios de sus modelos de gafas inteligentes, con el añadido de que la IA tendrá contexto visual para —teóricamente— mejorar sus resultados.

Al abordar el mercado empresarial, tan competido entre los proveedores de IA, Meta ha adoptado un posicionamiento diferente al de OpenAI y Anthropic. En lugar de sugerir que su IA es peligrosa, la compañía se ha preocupado por enfatizar que es útil y productiva. Desde luego, otro enfoque habría sido poco constructivo para aproximarse a las empresas, que en general han sido recelosas en todo que se relaciona con Meta y su trayectoria con respecto a la privacidad de los datos.

Aunque ha de tenerse en cuenta que el lanzamiento en octubre de Muse Wonder y Muser Wonder Full ha reforzado la estrategia de Meta en el ámbito empresarial. Estos nuevos modelos de frontera estarían a la altura de la vanguardia que OpenAI o Anthropic tiene en el mercado. Así al menos lo reflejan las puntuaciones en los benchmarks, que pese a su incierta fiabilidad sirven como referencia.

En todo caso, las primeras críticas han destacados las capacidades del modelo en áreas como la programación avanzada o el razonamiento complejo. No cabe duda de que Meta ha obtenido resultados positivos tras remodelar la forma de entrenar a sus modelos, sobre todo a partir de una optimización de la fase de pre-entrenamiento.

Los modelos y el agente Muse ofrecen otra oportunidad a Meta de acercarse a las empresas, después de que cerrara definitivamente su suite de colaboración empresarial Facebook Workplace el pasado junio. Para ello WhatsApp se convierte en la puerta de entrada. Ya es, de

Hecho,  una aplicación que usan millones de empresas para gestionar parte de su relación con el cliente, tanto para funciones de soporte como para confirmación de pedidos y otras comunicaciones.

Muse es un paso más allá, pues permite conectar a estas empresas directamente con plataformas como Shopify, Stripe, Slack, Asana o Notion, donde residen parte de las operaciones diarias de una pequeña tienda online, por ejemplo. La automatización de funciones que habilita el agente ofrece la posibilidad de iniciar y dirigir una empresa desde las aplicaciones de Meta, según ha querido recalcar la compañía, calificando su propuesta como ‘business-in-a-box’. Tanto es así que rivaliza aquí con el papel de las telco como proveedores de paquetes tecnológicos, aspecto que han tratado de explotar en su anhelo por diversificar  ingresos. Desde luego, no se puede decir que Zuckerberg no vaya a por todo lo que tiene a su alcance.

[informe de Pablo G. Bejerano]


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