13/04/2010

Android: un ejército de su padre y de su madre

Desde hace un par de meses, escasean las noticias acerca de Android: no ha habido nuevos anuncios de las marcas que se adhieren a este sistema operativo, ni se conocen planes de lanzamiento. Extraña pausa. Mientras, Google ha opacado los problemas de comercialización del Nexus One, hasta el punto de que parecería haberlo descatalogado. Ante esta situación, la primera ocurrencia es deducir que algo gordo se está cociendo; o, no sin suspicacia, que la demanda de Apple contra HTC  por un quítame allá esas patentes, ha logrado lo buscado: atemorizar a unos competidores peligrosos. No obstante, los estudios de mercado dicen que las ventas de Android suben y las de iPhone se estancan.

androiditos

Parece más bien una vigilia de armas. Todo el mundo sabe, o cree saber, que un nuevo iPhone, el cuarto en tres años, aparecerá en junio para agitar otra vez las aguas del mercado. Hasta los fabricantes que fingen que la cosa no va con ellos, tienen muy presente esa perspectiva. No tratan de fantasear con un mítico “iPhone killer” sino de estar a la altura para competir, y quien más tiene que ganar o perder en este envite es el “ejército de androides” patrocinado por Google. ¿Cuál es el problema? Que se trata de un ejército temido y bien equipado, pero heterogéneo.

Esta nueva visión de la fragmentación de Android es el eje principal de un estudio en el que se subraya que la evolución del sistema operativo, desde la versión 1.5 a la 2.1 ha pasado por cuatro variantes que hacen incompatible mucho software escrito para cada una de ellas, y esto ha ocurrido en menos de dos años. Presuntamente, hay otras dos versiones en camino, apodadas provisionalmente Froyo y Gingerhead. Uno de los méritos más celebrados de Android – permitir su personalización por cada fabricante y la adición de funciones por la comunidad de desarrolladores – se habría convertido en un inconveniente, que es como decir un posible freno para el crecimiento.

Sin renegar del código genético que anida en cada Android, cada marca ha hecho lo necesario para que sus modelos tengan rasgos particulares, cuya primera manifestación es el interfaz de usuario, como en los casos de Sense (HTC) o Motoblur (Motorola) y otros. Y esto, a priori tan interesante desde el punto de vista de la usabilidad, es disuasorio para aquellos desarrolladores de aplicaciones que prefieran una plataforma más homogénea. La base instalada de Android es más pequeña que la de otras plataformas. Por tanto, los fabricantes y los operadores tienen que dedicar recursos a la adaptación de interfaces, personalización de aplicaciones y a probar la compatibilidad de un número ingente de software. Para los desarrolladores, atraídos al principio por la naturaleza abierta del sistema operativo, la necesidad de cubrir diferentes versiones representa un incremento de los costes y una merma de sus oportunidades de negocio.

Parece lógico esperar que Google imprimirá menos frecuencia a la evolución del sistema operativo, congelando las versiones que están en camino hasta, por lo menos, la salida del iPhone 4 con el que serán comparadas. Es posible que encuentre la manera de autorizar a los usuarios para que actualizen su versión descargándo la última de Android Marketplace, lo que pudiera ser una caja de sorpresas. Más allá de estas soluciones, lo que está en juego es más conceptual: se critica a menudo el riguroso – y en buena medida exagerado – control que Apple impone sobre el software que se escribe para el iPhone, pero no por ello el dogma de la apertura está libre de problemas.

La filiación open source de Android es una fuente de innovación, pero puede conducir a un galimatías. Para atajar un posible guirigay, las plataformas Limo y Symbian – también open source – han decidido poner cortapisas a los caprichos de sus desarrolladores. Si Google no ha hecho lo mismo, tal vez sea porque la relación en el número de aplicaciones disponibles para Android y Apple es de uno a seis. Tarde o temprano, tendrá que tomar cartas en el asunto.


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