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  8/04/2013

8Abri

No hay que tomar a la ligera las historias acerca de esa criptomoneda que llaman Bitcoin, como si fuera sólo una reedición de aquella ocurrencia que fue SecondLife hace varios años. Ni una ni otra experiencias merece ser tratada como moneda fiduciaria, pero ambas han recibido un tratamiento mediático desproporcionado. Más allá, no se parecen en nada. Bitcoin se define como una divisa electrónica que se intercambia de manera anónima entre ordenadores, no se le reconoce paridad con ninguna moneda real, no está controlada por un regulador (en realidad, ni siquiera se sabe quién está detrás ni qué pretende, aparte de alucinar a cierto número de frikis).

Se ha contado mil veces que su origen está en un paper firmado con seudónimo, que se basa en un protocolo en doble criptografía, que las unidades se generan a medida que una red P2P resuelve algoritmos planteados por el sistema, y que en teoría hay un máximo fijo de moneda virtual «acuñada» que debería alcanzarse en 2040. Como trabajo de fin de carrera, es interesante. Lo insensato es, en coincidencia con el corralito chipriota, a alguien se le haya ocurrido la tesis de que Bitcoin [o algo por el estilo] pudiera ser la base de una alternativa económica libertaria, acorde con ciertas teorizaciones sobre el efecto red o Internet como comunidad autogestionada.

El problema del razonamiento es que un bitcoin no cumple el primer requisito de cualquier unidad monetaria, que es servir para el intercambio: si sólo se puede atesorar, no crea incentivos para gastar, por tanto no genera flujo económico, no crea ni distribuye riqueza. Desde luego que estamos muy habituados a los intangibles; la mayor parte de nuestra actividad pecuniaria cotidiana son apuntes en cuenta, relacionados con tarjetas de crédito o débito, transferencias electrónicas, etc. pero siempre tienen detrás unos activos reales, y si nos merecen confianza, individual y colectivamente, es porque están regulados y respaldados por (relativas) garantías de conversión.

El tratamiento fiscal y la eventualidad de que sirvan para actividades ilícitas, no es materia de este comentario. Sí lo es, en cambio, que la volatilidad de los bitcoins en ese supuesto mercado donde supuestamente han subido como la espuma, es el resultado de su iliquidez; son deflacionarios por naturaleza. Dejando a un lado las diferencias con SecondLife, veo que tienen dos cosas en común: acabará tristemente, pero unos cuantos habrán pasado un rato divertido con sus algoritmos. Mis respetos.


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