5/02/2013

5Feb

Vuelve a hablarse de ¨guerra de divisas», una expresión que ha resurgido varias veces desde el inicio de la crisis financiera del 2008. Esta vez, a propósito de las medidas que está tomando el nuevo gobierno de Japón para corregir la apreciación de su moneda. Los banqueros centrales de Rusia, Alemania y Corea han dado la voz de alarma, y el fundamentalista presidente del Bundesbank, Jens Weidmann, llegó a quejarse de la creciente «politización»(sic) de la gestión monetaria en otros países.

Podría decirse que la expresión «guerra de divisas» es equívoco, porque sugiere que las divisas han coexistido pacíficamente: en realidad, la política monetaria es, entre otras cosas, un instrumento clásico para elevar la competitividad mediante un ajuste del tipo de cambio [¿no es esto lo que hacen Estados Unidos y China para fomentar sus exportaciones? ¿no es manipulación lo que se está haciendo con la libra frente al euro?] No me metería en estas aguas revueltas si no fuera porque ya me he mojado antes en ellas, sobre una cuestión que es primordial para empresas y segmentos muy importantes del sector tecnológico. Hay otras manifestaciones del fenómeno, pero aquí me interesa una, la rivalidad entre Japón y Corea en la electrónica de consumo. No por nada las acciones de Sony, Panasonic y Sharp han subido en las últimas semanas.

Se ha calculado que desde el 2007 y hasta mediados del 2012, el tipo de cambio efectivo del yen se apreció un 27%, con la consecuencia de que ha sido más difícil competir en el extranjero con mercancías fabricadas en Japón. El cierre de fábricas y la externalización han sido paliativos útiles, pero entretanto el espacio de la industria japonesa ha sido ocupado por sus competidores coreanos, gracias a que en el mismo periodo, el tipo de cambio efectivo del won declinó (es decir, se depreció) un 19%.

Esta situación ha dado un giro en últimos meses: el won ha vuelto a subir casi un 5% frente al dólar y un 16% frente al yen. Sumando a esto la crisis compradora en la eurozona, los exportadores coreanos han convencido a su gobierno para que ponga el grito en el cielo. O en Moscú, donde dentro de diez días se reunierán los ministros de Finanzas del G-20 y Corea exigirá un pronunciamiento, pero como no se hace ilusiones, ya ha sugerido que está considerando medidas «de baja intensidad». Por suerte para la industria coreana, el litigio patriotero entre China y Japón ha llegado oportunamente para cambiar en su favor la corriente comercial.


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