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  30/09/2015

30Sep

Se esperaba mucho, demasiado, de la visita del presidente chino, Xi Jinping, a Estados Unidos. En días previos, se publicó que la diplomacia trabajaba en un proyecto de acuerdo histórico, por el cual ambas potencias se comprometerían a no iniciar ciberataques contra la otra. Al final, no se llegó a tanto: no hubo firma protocolaria de los presidentes, pero la Casa Blanca difundió una fact sheet según la cual están de acuerdo en que «ningún gobierrno (sic) debería llevar a cabo ni apoyar a sabiendas (sic) la apropiación por medios cibernéticos de propiedad intelectual, secretos comerciales o información confidencial con la finalidad de obtener ventaja competitiva para las compañías y sectores de sus países».

Esto, más una frase sobre el compromiso de intercambiar información y asistencia relativa a los ataques informáticos lanzados desde sus territorios, ha sido todo. No todo, en realidad. El presidente Xi cumplió con la tradición de que en cada visita de Estado ha de citarse un proverbio chino. Esta vez, fue aquel que dice «todo fuego arderá más alto si todos contribuyen con leña».

Obama pudo decir, en la rueda de prensa conjunta, que China se adhiere a una posición que Estados Unidos ha mantenido durante muchos años, y Xi Jinping reiterar que esa posición común es la misma que China ha mantenido durante muchos años. Es posible que la Casa Blanca esperara más, otro éxito tras normalizar las relaciones con Cuba a Irán. Pero es mejor este vago acuerdo que chocar con la negación sistemática de Pekin cada vez que las empresas estadounidenses son víctimas de ciberataques que se atribuyen a China.

Previsible: Xi Jinping insistió en que el gobierno chino no recurre ni alienta esos comportamientos. No es la primera vez que lo dice, ni la primera en que el asunto aparece en sus diálogos con Obama. Estaba en la agenda de su encuentro de Palm Springs en junio del 2013, pero las revelaciones de Edward Snowden sobre el espionaje de la NSA obligaron a Obama a dejar el asunto de lado. Hace un par de meses, tal vez calentando el ambiente previo a la cumbre, la Casa Blanca filtró que estaba considerando la adopción de sanciones económicas tras haber descubierto que «hackers basados en China» habían sustraído de sus bases de datos documentación que incluía las huellas digitales de más de cinco millones de empleados del gobierno americano.

Por limitado que sea – elude la evidencia de que continuamente se producen ciberataques gubernamentales y militares y opta por concentrarse sólo en la «inteligencia industrial», bien puede decirse que el acuerdo es un paso adelante porque ha abierto un marco de negociación. No tiene, ni mucho menos, el relieve de instrumentos multilaterales que regulan el uso de armas nucleares, químicas y biológicas y que tratan de materiales, procesos, equipos y tecnologías.

Una eventual codificación (por ahora ilusoria) de la esfera de ciberseguridad implicaría clarificar asuntos que para los juristas son tierra vírgen. Entre otras materias, se mencionan estas: ¿qué conductas son aceptables en lo que llamamos ciberespacio, tan escaso en reglas como en gobernanza?, ¿son aplicables a los ´ciberconflictos` los mismos principios que a las operaciones militares?, ¿qué capacidades e infraestructuras deberían considerarse intocables en estas guerras no declaradas? Son preguntas válidas, sin duda interesantes, pero a quienes somos humildes observadores, sólo nos queda constatar que China y Estados Unidos están lejos de haber firmado la paz cibernética. Obama lo resumió con un «ya veremos qué distancia hay entre las palabras y los hechos».


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