26/02/2015

26Feb

Tendré que dejar para otro día un análisis de los resultados trimestrales de Hewlett Packard, presentados el martes por la noche. No habría espacio suficiente en este comentario para abarcar las cifras de una empresa que es proteica por definición y, en este momento, más compleja si cabe por el proceso de separación entre dos grandes ramas que el 1 de noviembre serán empresas distintas. Pero hay un aspecto que me parece relevante. Tiempo atrás, advertí aquí que los cambios en la paridad entre monedas de diferentes bloques económicos provocarían perturbaciones en las cuentas de las empresas. Esas perturbaciones ya eran visibles al cerrar su ejercicio 2014, pero es ahora cuando se manifiestan con crudeza.

«Hay un par de factores que han tenido impacto sobre nuestros resultados financieros – empezó diciendo Meg Whitman, CEO de HP – y creemos que probablemente se mantendrán durante el resto del año. El entorno macroeconómico repercute en movimientos monetarios desfavorables». Para una empresa que genera el 65% de sus ingresos fuera de Estados Unidos, la apreciación del dólar provoca una distorsión que tiene varias dimensiones.

En los últimos doce meses, el tipo cambiario del dólar con respecto al euro ha ganado un 21%. Lo que erosiona el valor de los ingresos que esta compañía estadounidense recauda fuera de su país [en el caso de IBM, la proporción sería del 55% y en el de Intel del 83%]. Para una filial europea de HP, significa que para cumplir los objetivos comprometidos ante la corporación, debería facturar un 21% más en euros. Y para el grupo en su conjunto, significa que sus ingresos del primer trimestre del año fiscal han sido un 4,7% inferiores en moneda corriente y un 2% inferiores en moneda constante. El impacto financiero, según dijo Cathy Lesjak, CFO de HP, se puede estimar en unos 800 millones de dólares. El gráfico habla por sí solo:

La distorsión cambiaria se traslada a los precios y eventualmente podría afectar las decisiones de inversión/gasto de los clientes. En los servicios – intensivos en recursos locales – el efecto se atenúa porque costes e ingresos se pagan en la misma moneda; lo contrario ocurre en las operaciones de los grupos Enterprise y Personal Systems. Con el agravante de que, considerando el contexto económico y competitivo, es poco probable que HP pueda corregir sus precios para compensar. Tendrá que actuar sobre los costes operativos para tratar de restablecer el equilibrio, pero la distancia se antoja demasiado grande.

La paridad entre el dólar y el yen plantea otra disyuntiva interesante. La política de depreciación de la moneda japonesa no ha disipado del todo la prolongada recesión interna, pero ha favorecido las exportaciones de los competidores de HP en el negocio de impresión, que ahora están en condiciones de ser agresivos en precios. No es menos cierto que, por otro lado, HP también se beneficia del menor coste de los componentes que compra en Japón.

HP no es, ni mucho menos, la única empresa estadounidense afectada, pero se le nota más. Otras, con un desglose diferente de sus ingresos, van a acusar la cuestión en otro tema sensible: sus beneficios que acumulan fuera de Estados Unidos – para evitar el coste fiscal de su repatriación – se devalúan en la proporción correspondiente. Son los epifenómenos de la globalización.


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