22/01/2016

22Ene

Hay razones para sostener que el temblor bursátil del miércoles, que hundió los índices de todas las bolsas del mundo, fue una sobreactuación: no fue la respuesta a nada que no estuviera en el guión. Fue – decían ayer los economistas – la ansiedad acumulada por turbulencias que se han condensado en las últimas semanas: los indicadores de la desaceleración china [imposible creerse la hipótesis de un 7% de crecimiento del PIB], el descenso del precio del petróleo al nivel más bajo desde 2003 [un alivio inmediato para los automovilistas, pero un trastorno económico global que no va a corregirse en mucho tiempo]. Sin contar con otros factores de incertidumbre global, como la probable crisis de deuda soberana de los países emergentes, tan jaleados hasta hace poco.

Los directivos del sector de las TI se habituaron a fingir que los desajustes de la economía mundial no iban con ellos. Un discurso ritual sobre la ´innovación` y una queja sobre el impacto de las contingencias monetarias, bastaban para enmascarar problemas estructurales. En las últimas semanas, las acciones tecnológicas (salvo contadas excepciones) han entrado en barrena, justo al iniciarse la estación de presentación de resultados. Esta coincidencia es un multiplicador del el bajón.

No se trata sólo de que los resultados de Intel fueran francamente mejorables y los de IBM francamente lamentables. Estas dos compañías son tradicionalmente las primeras en dar la cara, eso es todo. Más significativo es la rapidez con la que se disipa el entusiasmo por Apple [que presentará sus cuentas el martes 26]. Ya tocará comentarlo. Pero, entretanto, cómo no tomar nota de que Gartner – que si de algo peca es de optimismo – pronostica que el gasto mundial en TI crecerá este año un 0,6%. Vamos, que de 3,5 billones de dólares subiría a 3,54 billones, una diferencia tan nimia que es como para ponerla en duda, salvo milagro.

Desde hace meses, los que escribimos sobre el sector hemos cargado las tintas sobre los ´unicornios`, como si fueran lo más representativo de este mundo. Ahora estamos viendo que la vulnerabildad del mercado se ha cebado con ellas, a veces injustamente. Muchas, es cierto, han vivido demasiado tiempo de valoraciones fantasiosas, dependiendo del capital riesgo sin necesidad de un modelo de negocio. Pero no todas las startups son así. Muchas se enfrentan estos días a la decisión de cancelar sus intenciones de salir a bolsa en 2016. De hecho, sólo 4 dicen estar listas para lanzar una OPV, cuando lo habitual a estas alturas del año era una media de 14, dicen los analistas de Renaissance Capital. Y ninguna de las cuatro ha alcanzado el listón de 1.000 millones de dólares de valoración privada que las calificaría para la etiqueta de ´unicornio`.

No necesariamente el frenazo es un mal signo para el conjunto del sector. Los temores a una burbuja han reflejado, en realidad, una imagen tan estereotipada como las fantasías que tenemos sobre las startups. La verdad es que sigue habiendo liquidez «ociosa» [demos gracias a la Fed y al BCE] pero a las empresas se les está haciendo difícil atraerla, a menos que la merezcan. Con sensatez, los inversores se mueven en función de los beneficios en lugar de las dudosas promesas de crecimiento. En el último trimestre de 2015, el dinero invertido en empresas no cotizadas ha descendido un 30%, según CB Insights.

No estará de más poner las cosas en perspectiva. El año ha comenzado con una volatilidad más que justificada. Todo lo que he querido destacar en este comentario es que el sector tecnológico no es una excepción. No podría serlo, si el FMI ha corregido a la baja por tercera vez su proyección de crecimiento global. Take it easy,


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