21/11/2016

21Nov

En una de sus muchas fanfarronadas, Donald Trump prometió, a principios de año, que exigiría a Apple «que fabrique sus condenados teléfonos en Estados Unidos y no en otros países». Nadie hizo demasiado caso, porque cosas así decía cada día, y no era siquiera candidato de su partido. Sólo Tim Cook, CEO de Apple, se refirió indirectamente a ello [criticando el sistema educativo de su país] al declarar a la CBS que Estados Unidos no tiene mano de obra con la formación necesaria para la producción del iPhone. Luego, en el tramo final de su campaña, Trump también prometió que una de sus medidas económicas sería imponer un arancel del 45% a la importación de productos chinos.

Combínense los dos ingredientes, y el cóctel resultante es la noticia según la cual Apple pidió a sus dos contratistas, Foxconn y Pegatron – ambos de Taiwán pero con factorías en China continental – un estudio sobre la viabilidad de ensamblar sus móviles en Estados Unidos, al menos las unidades destinadas a ese mercado. Según Nikkei – que no identifica fuentes – Pegatron se excusó, pero Foxconn hizo el análisis y lo entregó a Apple. Disuasorio, según supone Nikkei.

Nadie sensato puede creer que desplazar la producción a EE.UU tenga sentido económico. Los componentes de un iPhone proceden de 28 países distintos – incluído EE.UU – pero la mayor parte del coste se origina en China, donde está la mitad de los proveedores y donde se hace el ensamblado final. Apple cuenta con una cadena de suministro que se beneficia de las bajas barreras arancelarias y de la cercanía de muchas de las fábricas que intervienen en el proceso. Mover la producción fuera de China equivaldría a dispersar la cadena, aumentaría los costes y – a menos que Apple fuera tan patriota como para absorber la diferencia – el consumidor tendría que pagar más.

Según la consultora IHS, el coste industrial de un iPhone 7 sería de 224,80 dólares, sin incluir I+D, marketing y distribución. Si el gobierno de EE.UU aplicara el 45% de arancel, no podría ni remotamente venderse a 650 dólares y crearía una situación competitiva adversa para la única marca estadounidense de smartphones.

Apple obtiene dos ventajas de fabricar en China. La primera es resultado de tener un cluster de proveedores de componentes a corta distancia unos de otros, una fuente obvia de economía de escala. La segunda es la mano de obra, que contra la creencia generalizada en occidente, no es (o no toda) de baja cualificación. Foxconn, sin embargo, parece haber considerado la opción de montar una planta en Estados Unidos, que le daría la posibilidad de ganar contratos con otros clientes, pero es obvio que la decisión estaría en manos de Tim Cook.

En la práctica, Apple utiliza componentes fabricados en su país: cristal para las pantallas del iPhone y el iPad, antenas inalámbricas, y algunos chips. El resto incluye los procesadores, fabricados por Samsung en Corea o por TSMC en Taiwán, las memorias que Toshiba produce en Japón, los paneles de Sharp [japonesa, pero desde este año propiedad de Foxconn]. Hay un producto Apple made in America, el MacPro, que no tiene condicionantes de coste comparables y lo fabrica la taiwanesa Flextronics en su planta de Austin (Texas).

Ahora bien, ¿es seria la amenaza de imponer un arancel del 45%? Como presidente, Trump sólo podría tomar esa medida con alcance temporal y por no más del 15%. Cualquier otra cosa, requeriría la aprobación por la cámara de representantes, porque implicaría apartarse de las reglas de la OMC. China lo denunciaría y probablemente habría sanciones contra Estados Unidos. Hay un precedente: Barack Obama tomó en 2015 una medida similar para contrarrestar el dumping de los fabricantes chinos de neumáticos, pero provocó la ira de los automovilistas porque a los fabricantes nacionales les faltó tiempo para subir sus precios, y de todos modos Obama tuvo que aflojar porque su única base legal era argumentar una «emergencia económica».

Además, Trump se expondría a represalias chinas. Ojo por ojo, avisa un medio paraestatatal de Pekín. Y, por cierto, Apple ya tiene suficientes problemas con la caída de sus ventas en China para perder más cuota a manos de las marcas locales en el principal mercado del mundo para sus smartphones.

La amenaza de Donald Trump se fundamenta en el hecho de que entre 2000 y 2014, Estados Unidos perdió unos 5 millones de empleos en la industria. Pero, aunque el iPhone llegara un día a emsamblarse en Estados Unidos, es altamente dudoso que produjera efectos significativos sobre el empleo. El proceso de fabricación de un iPhone incluye tareas con especificaciones para las que se requiere formación especializada, que los trabajadores estadounidenses no tienen. Se debe, sencillamente, a que esta industria [como otras ramas de la electrónica] se ha desarrollado de tal manera que la especialización estaría en Asia. Sería una tremenda ironía que, para cumplir con una exigencia de la administración Trump, fuera necesario importar mano de obra mejor formada que la local [¿de China? en esto Trump no habrá caído].


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