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  10/07/2014

Televisión Conectada. ¿Todos contra todos?

La primera virtud de la televisión conectada ha de ser la ubicuidad que proporciona al usuario: gracias a una conexión robusta a Internet permite la transmisión de vídeo a cualquier parte y en cualquier dispositivo, sea un televisor en el salón de la casa, una tableta en cualquier otra dependencia, un portátil en la habitación de un hotel o un smartphone durante un viaje en coche o en un recinto deportivo. Un informe de la OCDE, bajo el título Connected Televisions: convergence and emerging business models, asegura que si la conexión de banda ancha soporta streaming de alta calidad, no hay razón para que no sustituya a la TDT, el satélite o el cable. Los modelos deberán competir o convivir.

Para empezar con la glosa del informe, hay que subrayar que el televisor seguirá ocupando un lugar estelar en los hogares de todo el mundo, pero todo apunta a que tendrá que apearse del pedestal y aceptar que no será el protagonista principal de la película, para convertirse en un co-starring o, para algunos, en un artista invitado. Sirva esto para decir que el negocio generado por la televisión «de toda la vida» sera irreconocible dentro de unos años. ¿Cuántos? Lamentablemente, los autores del informe no se atreven a fijar un plazo, ni siquiera aproximado.

En ese futuro impreciso, el concepto de televisión no estará constreñido a una sola pantalla, sino que abarcará una combinación de dispositivos capaces de actuar armónicamente a través de una conexión única en el hogar y en otras localizaciones. Más allá de los eventos tradicionales, como los noticieros y las retransmisiones deportivas, las nuevas opciones van a permitir a los espectadores dictar qué mosaico de contenidos desean ver, cuándo y dónde.

La OCDE define la Televisión Conectada [en adelante TC, para abreviar] como un dispositivo con pantalla que permite la visualización de vídeo a través de Internet. Aquí es donde se abre el abanico: esta definición cubre por tanto los receptores tradicionales de televisión, pero también cualquier otra plataforma que incluya una pantalla. Además, se desmarca, aunque englobándolos, de conceptos como smart TV o IPTV. No olvidando así que la televisión de hoy no está enclaustrada en lo que las lenguas pérfidas han bautizado como «caja tonta».

Claro que, para merecerlo, necesitará contar con gran capacidad en la red. La evidencia sugiere que las actuales tecnologías de banda ancha (fija o móvil) podrán soportar la TC, aunque no todas serán capaces de transmitir una alta calidad de imagen a múltiples dispositivos sobre una conexión única; algunas tendrán cuellos de botella, dependiendo del número de usuarios que accedan al mismo servicio. Esto obligará a los proveedores de servicios Internet a invertir en la modernización de sus redes, y a los proveedores de contenidos a hacer lo mismo en sistemas de codificación para streaming y otras soluciones técnicas, como la precarga durante las horas pico. Por supuesto, los usuarios también tendrán que adaptar sus patrones de consumo.

Lo que el informe no pone en duda es que en los próximos años la TC va a crecer [sin aportar cifras, qué pena] en los 33 países desarrollados que integran la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico. Crecerá gracias al considerable incremento del ancho de banda disponible; a la menor capacidad requerida para transmitir, merced a la progresiva finura de los algoritmos de codificación-decodificacion, al aumento de las velocidades de los chipset a menores costes, y sobre todo a las nuevas estrategias multiplataforma de los radiodifusores para entregar sus contenidos, no sólo a ´la tele` sino a cualquier dispositivo, en cualquier momento (lineal o catch up) y en cualquier lugar.

Lo que sí avanza el informe es que para las tecnologías tradicionales de radiodifusión, la tendencia hacia una experiencia individualizada marcará probablemente el ocaso de la modalidad multicast. Es en este apartado donde sostiene que, si la banda ancha soporta streaming con suficiente calidad, no habrá razón para que la difusión se haga por satélite, TDT o cable.

En un documento anterior, la OCDE señalaba que la distribución digital de contenidos se encontraba en un punto de inflexión: «los espectadores consumen una cuota creciente de vídeo a través de sistemas de distribución basados en Internet, tanto por aparatos de televisión como por ordenadores o dispositivos móviles. Este será un factor decisivo para las redes, fijas o inalámbricas, en los próximos años. Los impactos sobre el rendimiento de la red y las inversiones en cada mercado dependerán del uso de patrones específicos, decisiones técnicas y de negocio. La robustez de Internet llegará a ser un factor significativo conforme fluyan por ella porcentajes mayores de contenidos». Fin de la cita.

Evidentemente, la TC generará un volumen muy considerable de nuevo tráfico, pero la evidencia muestra también que los diferentes implicados disponen de herramientas para cubrir la demanda, y los precios bajarán tanto para los equipos como para la banda ancha. Es verdad que los operadores de redes tendrán que invertir si quieren servir contenidos que exigen altas velocidades, como 4K, pero la liberalización del mercado deja a todos en condiciones de elegir sus modelos de negocio y la manera de gestionar sus inversiones. Por tanto, supone la OCDE, será la competencia la que determine quiénes se ajustan a la nueva demanda de consumo.

Una de las conclusiones del informe es que todas las redes de banda ancha soportan en principiola TC y los servicios de televisión online. El efecto del tráfico de vídeo sobre las redes es descrito con palabras como tsunami o exaflood, con las que se quiere sugerir que las redes sucumbirán a la ingente cantidad de datos.

Otras fuentes que analizan el tráfico de datos sobre la red – desde un punto de vista diferente – no niegan el vertiginoso aumento de los datos, pero consideran que la capacidad de las redes y los continuos avances de la tecnología serán capaces de aguantar la avalancha. Por ejemplo, el Visual Networking Index, elaborado por Cisco viene mostrando año tras año una reducción del ritmo de crecimiento del tráfico de Internet. Aunque enorme en términos absolutos, se multiplicaba por ocho entre 2007 y 2013, pero espera que se triplique [que ya es decir] entre 2013 y 2017.

Esta es una de las amenazas que se ciernen sobre los ISP como primeros interesados en la TC y sus efectos potenciales. Algunos operadores han dado una efusiva bienvenida a los servicios de TV online y al uso creciente de vídeo, y llegan a manifestar que son un estímulo para que sus clientes demanden servicios de alta velocidad. Otros, en cambio, abanderan modelos de negocio diferentes. Para unos, la estrategia se centraría en la calidad de servicio, lo que significa diferenciar entre distintas clases de tráfico [¿oro, plata, bronce?] o dedicar más ancho de banda a ciertas aplicaciones. Por su lado, los proveedores de contenidos son reacios a entrar en ese juego, puesto que los ISP sólo controlan una parte de la red. En un mercado tan competitivo, aquellos deberán juzgar quiénes actualizarán sus redes para seguir siendo competitivos.

Otra estrategia incluye el uso de redes de entrega de contenidos (CDN) y cachés. Ambas bajan los costes de tráfico y aumentan la calidad. Akamai es la CDN más conocida, pero hay un buen número de competidores, lo que ha creado un mercado muy dinámico. Algunos grandes proveedores, como Google o Netflix, han optado por sus propias cachés, una solución que para ellas es más eficaz y más barata, además de estar bajo control.

Los avances en estándares globales – subraya la OCDE – facilitarán el desarrollo de la TC. Sin olvidar que la introducción de funcionalidades en dispositivos periféricos abre la puerta a nuevos servicios, como las herramientas para saltar anuncios, entre otros. Los resultados varían por países. Nadie duda del interés de la ampliación de la gama de servicios, pero hay problemas regulatorios, y no pocos contenciosos entre unos y otros actores del mercado en torno a la distribución de los ingresos. Por no hablar de las disyuntivas legales sobre lo que un usuario puede hacer con los contenidos una vez que alcanzan la TC, o sobre lo que terceros pueden hacer con ellos una vez recibidos.

Está claro, en definitiva, que se desvanecen las barreras que impedían la entrada en el negocio televisivo. En lo que el estudio no se mete es en la cuestión de qué es necesario cambiar para que la masa de usuarios acepte las tecnologías y las empresas – nuevos o viejos competidores – preserven su rentabilidad. La tecnología existe,pero queda algo muy importante: convertir al consumidor el el amo de su propio tiempo de ocio. ¿Podría ser sin anuncios, por favor?

[informe de Lola Sánchez]


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